EL BELLO HOY Y PERPETUO.
Por Francis Berti
El bello hoy y perpetuo. ¿En qué método abierto de profunda sensibilidad deseamos desgastar nuestro hoy? ¿Es el abierto profundo el desgaste del hoy? Y aquí nace la belleza desconmensurable de vivir en mí con los que en mí apilan de uno y solos de una se atreven. Quizás algún Andy Warhol de los bellos desechables de su realidad, esos perdidos en su soberbia de que se acomode por el simple y cómodo estancamiento de solo colores que en ti caben. Y a quien está en mí, desafío de aborrecer la esperanza, gélida, sin futuro delineable que nos marchita antes de marchitarnos… Solo pegoteo al hoy, al entretenerme con el hoy, a disfrutar el hoy multidimensional de los futuros de un hoy que me guía en fina estancia de creerte por solo creerte. Vivir el hoy de siempre, vivir el momento del hoy… empujándome sobre una pista de hielo, deslizándome en el silencio de quien allí sigue la cadencia, la misma frecuencia que te trasmito sin frecuencia pero absoluta. Solo entretenerme me hace a ti, son todo el hoy del entretenerme en hoy.
Deslizarse es la única forma de no hundirse. En esta pista de hielo de lo inmediato, cualquier intento de clavar los talones en el mañana es una fractura segura. Aborrecemos la esperanza porque la esperanza es una postergación, un “después” que nos roba el “ahora”. Preferimos el desgaste, ese consumo voraz de los segundos, donde la sensibilidad no es un peso, sino la lija que nos pule mientras nos entretenemos en el roce de lo que existe.
Ese “creerte por solo creerte” es el acto de fe más insolente. No necesito pruebas de tu futuro, ni mapas de tu pasado; me basta la frecuencia sin frecuencia, ese zumbido silencioso que compartimos mientras nos deslizamos. Si Warhol encontraba belleza en lo desechable, nosotros la encontramos en lo multidimensional: un hoy que contiene todos los futuros posibles, pero que se niega a elegir uno para no matar a los demás.
El entretenimiento no es aquí una distracción, sino una inmersión. Me entretengo en ti, en el hoy, como quien se pierde en un color hasta que el color deja de ser un nombre y se vuelve un estado del alma. No hay marchitamiento posible si no hay tiempo para la espera. Estamos demasiado ocupados siendo esta cadencia absoluta, este pulso que no espera el próximo latido porque ya es el latido mismo.
—No me prometas nada —dije, mientras el hielo bajo mis pies cantaba una melodía de cristal—. Solo entretenme en este hoy, hasta que el hoy sea lo único que el universo recuerde de nosotros.
Porque al final, los que se atreven a apilarse en nosotros de “uno y solos” son los que han comprendido que la realidad no es un bloque de mármol, sino una fina estancia de creencia pura. Nos deslizamos en el silencio, no porque no tengamos nada que decir, sino porque la frecuencia absoluta no necesita palabras para ser transmitida. Se siente en la piel, se siente en el hoy, se siente en el pegoteo de dos seres que han decidido no marchitarse antes de tiempo.
Nos convertimos en curadores de nuestra propia fugacidad. Si la realidad es ese estancamiento de colores que otros apilan con soberbia, nosotros decidimos ser el pincelazo que no espera a secarse. El desgaste del hoy no es una pérdida; es la obra misma. En este método abierto, lo que otros tiran por “usado” o “pasado”, nosotros lo elevamos a la categoría de reliquia sagrada del ahora.
—Mírame bien —le dije, envuelto en esa cadencia absoluta—, porque este que ves es un ejemplar único que caduca en este mismo instante.
Ser un Andy Warhol de lo invisible significa entender que la belleza desconmensurable no está en lo que permanece, sino en lo que se atreve a ser intenso antes de desvanecerse. Mi “entretenerme en ti” es una serie de retratos infinitos, todos distintos, todos hoy. Colores que no caben en una caja, sino que se desbordan sobre la pista de hielo, tiñendo el silencio de una frecuencia que no necesita ser grabada para ser real.
Aborrecemos la esperanza porque la esperanza quiere “conservar”, y nosotros queremos “gastar”. Queremos quemar el hoy como se quema un flash de magnesio: una luz cegadora que deja una mancha en la retina, un pegoteo multidimensional que nos recuerda que estuvimos aquí, aunque el futuro gélido intente convencernos de que no hay nada delineable.
Nuestros desechos no son basura, son evidencia de vida. Una colilla con restos de labial, el eco de una risa en el cafetín deshilachado, la sensación de tu campera de lino suave bajo mis dedos… todo es arte pop de una existencia que se niega a marchitarse en la espera. Nos deslizamos sobre el hielo dejando una estela de colores que nadie más puede ver, porque solo existen en la frecuencia de quienes han decidido que el entretenimiento es la forma más elevada de la devoción.
Vivir el momento del hoy es, finalmente, ser el artista y la obra al mismo tiempo. Un cuadro que se pinta y se borra con cada parpadeo, una estancia fina donde lo único que se apila es la certeza de que solo creerte es suficiente para que el universo tenga sentido.