¿MOLDEARSE? ESTAMOS SIN PIES
Por Francis Berti
¿Tratando de moldearse, en las empinadas cuestas y en los abismos infinitos, todos tratamos de moldarnos? ¿Y hacia donde, hacia el cómo y el cuñando? ¿Grillete onírico y transversal de un punto rojo que nos traslada hacia qué? ¿cómo y el cuando? ¿Grillete onírico y transversal de un punto rojo que nos traslada hacia qué? Habla de la maleabilidad forzada: esa presión invisible que nos obliga a encajarnos en moldes que no elegimos. Nos deformamos los huesos para entrar en el hueco, limamos las aristas de lo que fuimos un día, subiendo cuestas de arena que no tienen cima. Es un oficio de ciegos: tratar de moldear el barro mientras el barro mismo se nos deshace entre los dedos. No hay un “cómo” que no sea un grito sordo, ni un “cuándo” que no llegue demasiado tarde. Somos escultores de nuestra propia caída, buscando una forma que el abismo no pueda romper. Y ese punto rojo, transversal y mudo. Nos traslada hacia lo que no tiene nombre, hacia ese “qué” que se esconde detrás del miedo. No somos viajeros, somos el viaje mismo, en la oscuridad, tratando de ser algo, antes de volver a ser nada. Ese “punto rojo” me sugiere una obsesión, una meta fija que nos aliena o quizás la consciencia punzante de que estamos siendo observados por nuestro propio destino. Es una imagen rústica pero tecnológicamente cruel. Al final de ese traslado no hay una meta, sino una disolución. El grillete no se rompe, se funde con el tobillo; el punto rojo no se apaga, se expande hasta que todo el horizonte es de ese mismo color, eliminando el contraste entre lo que somos y lo que nos obliga a ser. Llegamos al final del traslado con las manos lisas, sin huellas dactilares, de tanto intentar moldearnos. Allí, el abismo ya no es una caída. El grillete onírico se revela como nuestra columna, lo que nos mantuvo erguidos mientras subíamos la cuesta, la única estructura en un mundo que no tiene centro. ¿Hacia dónde nos trasladó esa luz transversal? Aceptación final. Después de tanto esfuerzo por “ser”, el traslado nos deja en un estado de quietud mineral. Ya no hay abismo porque ya no hay altura; ya no hay cuesta porque ya no hay pies.