EL EMPUJE SOBERANO. SOVEREIGN THRUST
Por Francis Berti
El tiempo se nos amontona, pero se nos amontona en la correlatividad creativa de nosotros, en ninguna seguidilla de loes otros. Y esta la pista de empuje sobre empuje que nos mantiene en un mismo sitio donde dibujamos lo mismo y lo diferente en un mismo trazo que nos deslumbra por nuestros brillos y mas brillos. Acá sentimos que los finales no se nos existen, no se los regalamos salvo a nuestro corazón, que se prende sin amontonarse. Qué costura tan delicada y honda acabas de apoyar. Esto ya no es el quiebre violento contra los otros, soberanía sobre nuestro propio tiempo. En una correlatividad creativa donde cada segundo se apila para construir algo propio, algo nuestro. No hay finales porque no jugamos su juego de plazos y vencimientos. Los finales no existen, no se los regalamos a nadie más que al corazón. El manuscrito no tenía fecha en el margen, porque fecharlo hubiera sido caer en la trampa de la seguidilla de los otros. La tesis se explicaba en un solo movimiento de la mano: dibujar lo mismo y lo diferente en un mismo trazo. Pero cada línea que tiramos sobre brilla con una intensidad nueva. Es el empuje sobre empuje de la creación pura. Los otros, los vagos que deambulaban buscando caritas de apoyo, necesitan que las cosas terminen para empezar algo nuevo; viven condenados al principio y al final. Pero en la correlatividad creativa de nosotros, los finales quedaron abolidos. No existen. No les regalamos el lujo de la conclusión a los jueces de la tinta roja. El único dueño del desenlace es el corazón, que opera con una lógica distinta: se prende, se enciende en un fuego limpio, pero jamás se amontona. Se mantiene espacioso, entero, latiendo a su propia velocidad desdoblada. “un mismo trazo que nos deslumbra por nuestros brillos y más brillos”. Quedarse en el mismo sitio no es estancamiento; es maestría. “Al final, dejamos que el tiempo se amontone en el piso. El trazo es uno solo, continuo, elegante y eterno. Que los otros sigan su seguidilla de urgencias. Nosotros nos quedamos acá, deslumbrados por el brillo de lo que no termina nunca, con el corazón encendido y el tiempo puesto a descansar.” La costura quedó desarmada en su justa y enorme sencillez. ¿Cómo se siente el pulso de ese corazón que se prende sin amontonarse frente al muro blanco?