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COLISION DE LOS TORPES (II PARTE) COLLISION OF THE CLUMSY

COLISION DE LOS TORPES (II PARTE) COLLISION OF THE CLUMSY

Por Francis Berti

El trámite no requería más que la entrega de un papel sellado, pero la ventanilla tres era el epicentro donde la torpeza alcanzaba su estado puro, denso y burocrático. Detrás del vidrio rayado, el empleado no trabajaba: ejecutaba una danza de movimientos truncos. Sellaba con desgano el aire antes de tocar la hoja, buscaba un bolígrafo que tenía en la mano y volvía a pedir documentos que ya reposaban frente a él.

El personaje dio un paso al frente. Sintió la maza invisible de la torpeza aplastándole el pecho, esa inercia que licua la paciencia y amenaza con arrastrar a cualquiera a la masa ciega.

—El sello va en la copia, no en el original —dijo el personaje, marcando la distancia con voz firme, aferrándose a su pequeña fisura de lucidez.

El empleado se detuvo. Sostuvo el sello a pocos centímetros del papel, congelado en una pausa absurda. Levantó la vista, pero no miró a la persona; miró al aire, como si la objeción fuera un ruido molesto e incomprensible dentro de su arquitectura de desatinos.

—Aquí siempre sellamos así —respondió el hombre de la ventanilla, alzando el brazo con una lentitud pesada para volver a cometer el mismo error.

—No. Si sella el original, el documento pierde validez en la mesa de entrada. Es la tercera vez que intenta hacerlo.

Fue un choque de dos naturalezas incompatibles. La torpeza no argumentaba; se imponía por mera densidad, por la costumbre ciega de tropezar siempre con la misma piedra y exigir que la piedra pida disculpas. El personaje, erguido frente al cristal, sintió cómo la tensión recorría el espacio reducido. Era el enfrentamiento directo entre la maza inerte que se reproduce a sí misma y el individuo que se niega a dejarse perforar por el absurdo.

El empleado parpadeó, desorientado ante la irrupción de una lógica que no encajaba en su rutina. La mano del sello dudó en el aire, suspendida en ese instante de quiebre donde la lucidez obligaba a la torpeza, al menos por un segundo, a registrar su propia falla

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