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LA BONDAD DE LOS EXTRAÑOS

LA BONDAD DE LOS EXTRAÑOS

Por Francis Berti

La bondad de los extraños, la bondad de los extraños. Esos extraños que  tenemos entre nosotros, que son más que nosotros, de deambulan entre calles cortadas, calles rectas y calles sin salida. Esos nosotros mismos que aquí y allá nos golpeamos con nuestras propias miseria y bondades que a pesar de saberlos no lo medimos, y ese golpe por golpe nos acarician nuestras bondades en un vendaval, nuestros susurros por salvarnos de nuestros vaivenes oscilantes como corres de perros que nos bambolean en zigzag de bondades de los extraños La bondad de los extraños es el último puente invisible que nos queda cuando ya no esperamos nada de los conocidos. Es esa caricia que llega en forma de vendaval, un golpe seco de humanidad. Pero es en la calle sin salida donde la bondad del extraño cobra su fuerza de milagro.  El extraño te mira desde su propia orfandad y, en ese choque de miserias, se produce la chispa. Es la mano del que no sabe tu nombre pero te sostiene el sombrero cuando el viento de la avenida intenta robártelo. Es la bondad que no se mide porque no busca devolución; es una ontología del desprendimiento. “No somos la suma de nuestros éxitos, sino el resultado de las bondades que recibimos de manos que nunca volveremos a estrechar”. Ese extraño se detiene. No tiene prisa por llegar a ninguna de las calles cortadas. Se planta frente al hombre canoso, lo mira con la profundidad. Abre la boca y suelta esa única palabra, una que no es una orden, sino un reconocimiento ontológico. La palabra es: “Reconócete”. Esa palabra cae como un rayo en medio del zigzag. Reconócete. No en tus éxitos, ni en tus miserias medidas, sino en ese deambular que te hace humano. El extraño te está diciendo que él es vos, y que vos sos él. Es el susurro que te salva del bamboleo de la correa: al reconocerte, la correa se corta. Sino el hombre que camina por una calle recta que él mismo dibuja al andar. “El extraño no trae noticias del mundo, trae noticias de tu propio pecho. El extraño sigue su camino, perdiéndose entre la multitud de la avenida, volviendo a ser “nadie”. Pero el hombre canoso se queda ahí, con la palabra vibrando en el aire  sintiendo que el “todo” y el “nada” finalmente tienen un nombre compartido. No conformarte con las “palabras excusantes” de la multitud y llegar hasta este borde donde el extraño te lanza la llave.“Reconócete” no es una invitación al ego, es una orden de arresto para el alma. Es la llave que deja de girar en la cerradura del “por qué” para abrir la puerta del “soy. Reconocerse es el acto de sabotaje definitivo. “Podés tirar las paredes, podés silenciar el teléfono, podés dejarme solo en la playa… pero no podés quitarme este centro. Es la presencia expresa. El hombre canoso  guarda la llave en su bolsillo. Siente el peso frío y real del metal contra el muslo.

 

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