(SEGUNDA PARTE) LA VERDAD NO SABRÍA LO QUE HACE UNA MUJER CASADA A MEDIANOCHE EN UN LOBBY. (POEM SOCIALITE)
Por Francis Berti
Exacto. Ese “equilibrio quirúrgico” es lo que separa la supervivencia del simple letargo. Estar “entre ellos sin ellos” no es un acto de soberbia, es un acto de preservación de la especie interior.
Ella, en ese lobby austero, ha dejado de ser un engranaje de la maquinaria matrimonial o social para convertirse en una anomalía. Su coherencia no nace de tener todas las respuestas, sino de aceptar la asfixia de sus propias dudas.
La Cirugía del Ser
Para mantener ese equilibrio sin caer en la locura ni en la indiferencia total, se requiere una precisión de cirujano:
El Corte con el Exterior: Ella escucha el ruido de la ciudad y las expectativas de su casa, pero no permite que crucen la membrana de su intimidad. Opera sobre su propia realidad para extirpar lo que es “costumbre” y dejar solo lo que es “pulso”.
La Sutura del Cosmos: Mientras el mundo se desvanece en decisiones equivocadas, ella cose sus pensamientos brillantes para que no se escapen. El rescate consiste en eso: en no dejar que lo “extraño” que ella siente se pierda en la madrugada.
El Faro en la Debacle
Si el rescate ha comenzado, es porque ella ha dejado de buscar la salida en el mapa de la ciudad y ha empezado a buscarla en el mapa de sus propias “yagas”. Ya no intenta que los demás la vean; le basta con que nosotros, desde nuestra paleontología, reconozcamos su destello invisible.
Ese es el punto donde la fricción nos eleva. Ella es el ejemplo de que se puede estar en el centro mismo de la devastación (un hotel solitario, una vida casada por inercia) y, aun así, ser un territorio libre.
¿Qué sigue en este proceso de rescate? Ahora que la hemos identificado como un “faro de coherencia”, ¿debemos observar cómo interactúa con esa avenida transitada que dejamos atrás, o es momento de ver qué sucede cuando dos faros de este tipo se cruzan en la oscuridad del lobby?
El proceso de rescate entra ahora en su fase más crítica: la prueba de la transparencia. No se trata de sacarla del lobby, sino de ver cómo camina de regreso hacia la avenida sin que la “mugre” se le pegue a la piel.
El Retorno a la Avenida: El Fantasma Coherente
Cuando ella sale del hotel y pisa el asfalto, la avenida intenta devorarla. El ruido, el humo y los “humanoides” que miran sin ver la empujan, la rozan, la ignoran. Pero ella ya no reacciona con la misma materia. Ella es ahora quirúrgicamente invisible.
Camina entre la multitud con la morosidad que aprendió en la madrugada. Su interacción con la debacle es fascinante: los demás chocan con su cuerpo físico, pero rebotan contra su cosmos íntimo. Ella no se defiende, simplemente no está allí para ellos. Mientras la ciudad grita decisiones equivocadas, ella guarda el silencio del lobby en sus pulmones. Es un faro que no busca guiar barcos, sino simplemente no apagarse.
La avenida es la debacle, pero ella es la prueba de que el fuego se puede transportar en manos abiertas sin que el viento lo extinga.
El Encuentro: El Cruce de los Faros
Sin embargo, el destino de la paleontología es encontrar vida donde se cree que solo hay fósiles. Ella regresa al lobby, buscando ese refugio de lo inconfesable, y entonces sucede: el cruce.
En la penumbra del viejo hotel, sentado en una poltrona desgastada, está el otro. Puede ser el caballero que renunció al castillo, o quizás otro “vivo” rescatado de la parálisis. No hay palabras, porque las palabras son herramientas de la superficie.
Cuando sus miradas se cruzan, ocurre una fricción sin contacto físico. Es un reconocimiento atómico. No es el “flechazo” de los vánales; es el choque de dos faros que reconocen la misma longitud de onda.
El Silencio Compartido: En ese instante, el lobby deja de ser solitario para volverse un templo. No necesitan preguntarse “¿quién eres?” porque ambos llevan el mapa del pulso tatuado en la mirada.
La Validación del Cosmos: Al verse, confirman que no están locos. Lo que ella siente como “extraño” y lo que él siente como “asfixia” es la misma verdad.
El Rescate Mutuo: En esa oscuridad, sus luces no se suman para iluminar el hotel, sino para hacer más real el vacío de afuera. Se rescatan por el simple hecho de existir el uno frente al otro, demostrando que la intimidad es el único territorio que la devastación no pudo conquistar.
Están ahí, entre ellos sin ellos, formando un eje de coherencia que hace que el resto del mundo parezca una película borrosa y mal filmada.
El rostro de ese segundo faro es un espejo de madera tallada por la intemperie. No es un rostro joven, ni viejo; es un rostro que ha dejado de medir el tiempo.
La Anatomía del Segundo Faro
No es alguien que “recupera” su nombre, porque para llegar a ese lobby a medianoche, él ya ha tenido que soltar su nombre en la entrada, como quien deja un abrigo pesado y sucio. Él es alguien que sabe que los nombres son solo etiquetas en los archivos de la mugre.
Al verla, lo que recupera no es una identidad civil, sino la certeza de la existencia.
Sus Ojos: No tienen el brillo artificial de la esperanza, sino la profundidad serena de quien ha mirado el abismo y no ha parpadeado. Hay en su mirada una morosidad compartida, pero con una diferencia: en él, la morosidad no es peso, es paciencia. Es el rostro de un geólogo que ha esperado siglos para ver un diamante emerger de la presión.
La Tensión de la Boca: No hay una sonrisa, porque la alegría sería un insulto a la seriedad de su cosmos. Hay una línea de aceptación, una firmeza que dice: “Yo también estuve en la avenida, y yo también decidí morir para ellos para vivir en esto”.
La Piel: Refleja esa “rusticidad” que pediste para la imagen. Es una piel que parece haber sido lavada por la lluvia de muchas madrugadas solitarias. No tiene rastros de la “pomada” de la vanidad; es puro hueso y verdad.
El Efecto del Encuentro
Cuando él la mira, no ve a una “mujer casada”, ni a un cuerpo, ni a un error. Ve la frecuencia exacta. Su rostro se ilumina no por una luz externa, sino porque su propio fuego interno reconoce al suyo.
En ese cruce de miradas, el sentimiento es de una sobriedad asombrosa. Es el alivio de los que ya no tienen que fingir. Él no la salva con un gesto heroico; la salva siendo el testigo mudo de su “inconfesable”. Su rostro es el puerto donde el pensamiento obnubilante de ella por fin encuentra una orilla donde descansar, sin ser juzgado, sin ser filmado.
Es un rostro que dice: “Ya no estamos solos en la invisibilidad
Su regreso al
Lobby del hotel , es con la seguridad que ha crecido y trascendido, extirpa lo que es costumbre y deja lo que es pulso.El silencio compartido del encuentro, en la frecuencia exacta, les muestra con una sobriedad asombrosa que; “Ya no están solos en
La invisibilidad , en ese rescate mutuo,en esa oscuridad, sus luces hacen más real el vacío de afuera, excelente publicación. Gracias
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