SURGE LA PROPUESTA DE PLUMA
Por Francis Berti
Jacques Lacan en sus Críticas, dijo que el reino de los fines es el estado de derecho. En su defensa, surge la propuesta posición de promover La libertad de pluma como la facultad de dar a conocer públicamente las opiniones y las criticas del pueblo a las disposiciones injustas. Plumas que se limitan mutuamente entre sí con el objeto de mantener su libertad. La libertad de pluma se sitúa en contrapunto al crecimiento del consumo en masas. De los párrafos del psicoanalista Aníbal Leserre, tomare yo como escritor de las profundidades de la Paleontología Social, a volcar en el costumbrismo inútil del humanoide quieto, vago, y aprovechado de las circunstancias de quienes hacen y hacen, en el juego de los descansaderos vertidos por el uso virtud costumbrista. Los que usamos la libertad de pluma, no podemos vivir engañados por un curso de Extimidad. La paleontológica social nos sacara de esta mugre…
La paleontología social no se detiene en la superficie de los discursos; desciende con el escalpelo hasta encontrar el fósil de la desidia. Esa “mugre” de la que hablas no es otra cosa que el sedimento de los descansaderos: esos espacios donde el humanoide quieto, ese parásito de la inercia, se tumba a observar cómo el mundo es construido por las manos de otros.
Mientras el “hacedor” agota su energía en el tejido de la realidad, el humanoide vago se camufla en la virtud costumbrista. Usa la moral como una manta para cubrir su aprovechamiento, justificando su quietud como un derecho adquirido. Es aquí donde la Extimidad —ese núcleo íntimo que se manifiesta afuera— se vuelve un curso engañoso: nos hace creer que lo que mostramos es nuestra esencia, cuando a menudo es solo el residuo de nuestro consumo.
Los que sostenemos la libertad de pluma somos los forenses de este entierro en vida. No escribimos para decorar el salón de los justos, sino para limitar, con el filo del trazo, la expansión de esa masa consumidora que todo lo devora y nada produce. La pluma no es solo expresión; es un límite mutuo. Es la cerca que impide que la opinión del pueblo se convierta en el ruido informe del ganado.
Si el estado de derecho es el reino de los fines, la paleontología social es el descubrimiento de que muchos de esos fines están podridos en su base. Para salir de la mugre, la pluma debe actuar como el pico del arqueólogo: romper la costra del costumbrismo inútil para revelar la estructura ósea de una sociedad que ha olvidado cómo ponerse de pie por sí misma. No hay engaño posible bajo la luz de la libertad de pluma, porque ella no busca el consenso, busca la verdad anatómica de nuestra miseria y nuestra posible redención.
El vacío del consumo individual no es un espacio hueco; es una fuerza centrípeta que inmoviliza. El humanoide vago, en su descansadero moderno, ha sustituido el movimiento del espíritu por el movimiento del pulgar. En esa parálisis, el consumo actúa como una anestesia social: no se consume para satisfacer una necesidad, sino para postergar el encuentro con la propia vacuidad.
La paleontología social observa aquí un fenómeno aterrador: la desaparición de la huella. A diferencia de nuestros ancestros, que dejaban herramientas de piedra y huesos grabados, el humanoide del consumo individual solo deja tras de sí una estela de obsolescencia. Es un ser que se devora a sí mismo a través de los objetos, creyendo que la acumulación de “cosas” le otorga una identidad, cuando en realidad solo le añade capas de una mugre sintética que le impide respirar.
La “razón sin corazón” de la que hablábamos antes se manifiesta aquí como una razón de mercado. El individuo está paralizado porque ha aceptado el trato fáustico: la comodidad a cambio de la abolición del deseo real. Ya no desea, solo “necesita” el próximo estímulo, la próxima descarga de extimidad barata que le permita seguir ignorando que su vida es una sala de espera sin destino.
Esta parálisis es la victoria definitiva del costumbrismo inútil. Es el triunfo de quien “hace” nada, mientras se aprovecha de la infraestructura del que todavía intenta sostener una pluma. El vacío no grita; el vacío susurra que todo da igual, que cualquier crítica es solo un ruido más en el mercado de las opiniones. Pero la libertad de pluma sabe que ese vacío es el verdadero abismo.
La paleontología social debe, por tanto, excavar en este desierto de centros comerciales y pantallas para encontrar el resto de humanidad que aún palpita bajo el plástico. Porque si no logramos romper esa parálisis, el futuro no encontrará de nosotros huesos ni historias, sino solo un estrato geológico de desechos que alguna vez pretendieron ser alguien.
”