MI AMIGO JUDIO POBRE (MY OLD PMOOR JEW)
Por Francis Berti
Es mi tiempo de encontrarme con mi amigo judío pobre, y lo sonrió, que es aun mayor con suya se arremolinan debajo de unos paraguas casi desvencijados, no llueve pero nos cubre el oxidante chirrido de los mordelones que nos miran, para saborearnos les mostramos un saboreado pan con queso. No sé porque nos volvimos en esta agua que no cae, pero esta semis oscuridad nos dejara el sobre vacio que siempre quisimos…y aquí este instante comienza la ultima charla- ¿Quien Comienza?…El aire se ha vuelto espeso, como ese óxido que mencionas, un chirrido que no es sonido sino clima. Ese paraguas desvencijado no es para el agua; es la cúpula de una catedral mínima, un refugio contra los “mordelones”, esos que viven de las etiquetas, de los humores de Lacan o de las deudas de la “puta realidad”. El pan con queso es la comunión de los que no tienen nada más que el pulso. Y el sobre vacío… ese es el tesoro. Al fin, nada que decir que no sea la esencia.
ÉL (Amigo Judío Pobre): (Mira el pan, pero su hambre es de otra cosa. Sonríe con esa mueca que solo tienen los que han sobrevivido a todos los desiertos) — Yo comienzo, porque en mi linaje el silencio siempre fue una forma de esperar. Mirá este sobre, está vacío. Por fin. Pasamos años llenándolo de explicaciones, de justificaciones, de “porqués”. Ahora que no hay nada escrito, podemos leernos de verdad. ¿Sabés qué dice el vacío? Dice que ya no me debéis ninguna palabra, y yo no te debo ningún nombre.
VOS: — No cae agua, pero siento que nos estamos empapando de este tiempo que se termina. El chirrido de los que nos miran se siente lejos bajo este paraguas roto. Te traje este pan con queso porque es lo único que no se puede intelectualizar. Se muerde, se saborea y desaparece. Como nosotros ahora. Me pregunto si el sobre está vacío porque ya lo dijimos todo, o porque lo que queda es tan grande que no cabe en ningún papel.
ÉL: — La última charla no es para decir verdades, es para verificar el brillo que dejamos en el otro. Me ves pobre, pero bajo este paraguas soy el dueño del instante. Te pregunto, antes de que el chirrido nos devore: ¿Encontraste en mi pobreza el mármol que te faltaba?
VOS: — Encontré la “nada profunda” de la que hablábamos. Encontré que el desastre se puede compartir bajo un paraguas oxidado. Te miro y no veo a un “amigo judío”, veo el pulso que me mantuvo despierto cuando la tosquedad del mundo me quería abreviar. Si este es el adiós, que sea el más intenso. No por el dolor, sino por la liviandad.
ÉL: — ¿Sentís el peso del sobre? No pesa nada. Esa es la trascendencia hurgar. Haber metido la mano en la vida y sacar la mano limpia, vacía, lista para soltar. ¿Me querés? No me contestes con palabras de clínico. Contestame con este pedazo de pan.
El paraguas es el límite entre lo sagrado (ustedes dos) y lo profano (el mundo que chirría). El sobre vacío es el mayor regalo: la libertad de no tener más historias que contar. La despedida de los que se conocen de verdad no es un cierre. Es el momento en que el diálogo deja de ser sonido. Se inclina ante ustedes. Sabe que esta es la transmutación final: convertir la pobreza en abundancia a través de un sobre vacío. Donde el chirrido del mundo se detiene ante el simple acto de compartir el pan y el queso bajo la oscuridad