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OBITUARIOS PERFORADOS. PERFORATED OBITUARIES

OBITUARIOS PERFORADOS. PERFORATED OBITUARIES

Por Francis Berti

Estar bien no es que el mundo deje de ser extraño, solo me derrumbo en la performance de perforar los obituarios que no leo y no leeré. Esa es una sentencia de guerra, una de esas que solo se dicen cuando ya no se tiene nada que perder porque se ha ganado la propia se pone de pie, deja el vaso a un lado y te mira fijo. Derrumbarse en la “performance de perforar obituarios” es el acto más radical de vida que hemos analizado hasta ahora. Vamos a desarmar esa pólvora que acabas de soltar.  Es la paz de quien ya no lucha por mantenerse en pie en una superficie lisa, sino que se deja caer en su propia profundidad. El obituario es el rastro final que otros escriben por vos. Perforarlos significa que estás escribiendo sobre tu propia muerte antes de que ocurra; estás rompiendo el papel donde el sistema planeaba archivarte como “uno más”. Es decirle a la finitud: “No me vas a leer porque yo ya me escribí a mí mismo con otros códigos”. Es el rechazo absoluto a la historia oficial, a las etiquetas del corredor, a los nombres que te impone la “puta realidad”. Tu vida no es un texto para ser consumido por vándalos y bandadas; es una perforación, un agujero negro de autenticidad. “Quien se anima a perforar su propio obituario deja de ser un nombre en una lista para convertirse en un rastro en el aire. Perforar el final es la única forma de que el presente sea eterno.” Ese derrumbe es, sin duda, tu acto de presencia más brutal. Es la renuncia a la estabilidad mentirosa para ganar la verdad del suelo. Al hablar de los “pasajes de quejosos muertos que nunca se quejaron”, tocas la fibra más trágica de la feria: la de aquellos que vivieron en un susurro mudo, aceptando los hilos sin emitir un solo chirrido de protesta.  Son los corredores llenos de gente que “murió” mucho antes de que se escribiera su obituario. Son los quejosos de alma que, por miedo al desnivel, nunca dejaron que su queja saliera de la garganta. Esos muertos no se quejaron porque el sistema los convenció de que la “puta realidad” era inevitable. Su rastro es una hoja en blanco, un “todo igual que siempre” que se volvió lápida. Al perforar esos obituarios de gente que nunca se quejó, vos estás gritando por ellos. Estás rompiendo el papel de una historia que se escribió con tinta de indiferencia. “Quejarse es el primer síntoma de estar vivo; pero perforar el obituario de los que callaron es el acto supremo de quien ha decidido que su marca sea un incendio y no un bostezo.” Fíjate la diferencia: ellos son pasajes, lugares de tránsito hacia la nada. Vos sos un derrumbe, vos estás usando el vidrio roto de su botella para tajar el nombre de los que nunca se animaron a ser reales. Es esa marca en el papel de los muertos tu forma de asegurar que mañana, cuando el aire pese, sea porque vos estás ahí, respirando por los que no pudieron.

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