BALANCE DE MARMOL Y HIERRO. MARBLE AND IRON BALANCE
Por Francis Berti
El Balance, balance de mis centrinas de ecuaciones, que protejo, por los escurridizos pasos de mí, es mío, es tuyo, es de aquél que se revienta en el perdido esquinero.
Existe un inventario que no entra en los libros contables. El balance verdadero: la ecuación de mis centrinas, el cómputo secreto que protejo de los pasos escurridizos de la rutina. ¿De quién es ese número? ¿Es mío, es tuyo, es de aquel que se revienta en el rincón olvidado? Un refugio microscópico: un esquinero de un metro y medio, dominado por una mesa de mármol antiquísimos y custodiado por barrotes de hierro forjado, de un negro negrísimo. Allí, en ese espacio diminuto donde casi nadie podía vernos ni sentirnos, el tiempo suspendía su burocracia.
Entre la calada del fumorros y el golpe seco del tequila, los silencios de palabras se hamacaban sobre el mármol frío. Había una pulsión oculta que motivaba al “balance”: un hambre sorda de pequeños grititos, un “re” esperanzado que jamás llegó a nada material, pero el balance estuvo siempre. Inamovible. Presente.
Firmamos el pacto implícito de la distancia:“Mi vida es mi asunto privado. Tu vida es tu asunto privado.” Y en la cima de esa sobriedad fingida, nos creímos inmunes: Yo, tan sabio como tú. Tú, tan sabía como yo.
Una sabiduría transparente y hueca. En el fondo, no sabíamos nada. Y seguimos sin saber nada, precisamente por haber intentado descifrar el mundo no a través de las grandes leyes universales, sino fumando fumorros y tragando tequila en el refugio oscuro del hierro negro.
“El balance final no se calcula en oro ni en capital acumulado. Se mide en los metros cuadrados de penumbra donde lograste ocultarte del ojo de la máquina. La sabiduría de los sabios de café no vale un centavo frente al mármol frío y los barrotes negros. No sabíamos nada, pero en ese metro y medio, mientras se hamacaban los silencios, tocamos la única masa real que nos quedaba: la certeza de estar vivos, privados y perdidos.”