DESDE EL FONDO DEL SILENCIO. FROM THE DEPTHS OF SILENCE
Por Francis Berti
Los escritores somos una peste de palabras vacías cuando el día se vacía de cuerpos. Nos creemos dioses de la trinchera porque nadie nos reclama a las ocho de la mañana, porque podemos desayunar ceniza o tequila a las tres de la tarde y dejar que las horas se pudran sobre el piso de baldosas rotas.
Hablamos solos. Escribimos monólogos kilométricos para convencer a la pared de que existimos. Somos locuaces hasta el hartazgo. Escribimos porque si nos callamos, el silencio de la noche —ese que no espera a nadie— nos traga enteros.
¿Libertad? ¿Soledad? Qué palabras tan limpias para un lugar tan sucio.
La libertad que pregonan los manuales es un vuelo sin fricción, un cielo de cristal donde nadie te pisa los talones. Pero la nuestra es otra cosa: es el peso muerto del Zanjón. Es estar sentados en el Cinturón de Orión subterráneo, donde nadie te espera por la noche porque los de abajo no tienen a dónde volver, y nadie te despierta por la mañana porque la mañana es solo un rumor ciego que pasa por arriba de las persianas cerradas.
Y entonces aparecen las lunas del olvido.
No son satélites románticos ni astros de postal. Son los huecos que dejaron los que ya no están, los nombres tachados en las libretas, las tazas sucias de café frío que se quedan sobre la mesa como monumentos a la ausencia. Esas lunas giran despacio, pálidas y mudas, iluminando el rincón exacto donde las prístinas orejas se ahogan en el vidrio de lo que pudo ser y jamás fue.
Los escritores nos ahogamos en nuestra propia lengua. Nos creemos muy sabios con el porro encendido y el vaso medio vacío, repitiendo que, como si el aislamiento fuera una medalla militar. Pero la verdad es que nos aterra apagar el teclado. Porque en cuanto paramos de teclear, en cuanto el pulso se detiene y la tinta se seca como un escurridor viejo, el vacío deja de ser una elección estética y se convierte en lo que es: un hueco enorme, sin fondo, donde el eco de nuestra propia voz se estrella contra la nada.
No es libertad. No es soledad pura. Es el precio de haber querido escribir un mundo propio cuando el mundo de afuera ya nos había echado a patadas.
Que haríamos sin
los escritores? A través de su escritura, ese lenguaje con el que expresan sus ideas, contribuyen de manera significativa , al contenido cultural de una sociedad.Su
parte interior íntima y profunda de sus capacidades, como
la memoria, sentimientos,marcan el mapa de quien no se rindió. También cometen errores, no es por falta de aprendizaje,pero vale la pena correr el riesgo, porque lo
que consiguen es más atractivo que las posibles consecuencias. Gracias FRANCiS.