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COLISION DE LOS TORPES (III PARTE FINAL) COLLISION OF THE CLUMSY

COLISION DE LOS TORPES (III PARTE FINAL) COLLISION OF THE CLUMSY

Por Francis Berti

(La primera fue la “narrativa”, la segunda fue el “objetivo”, y la tercera “La Lucidez”)

La torpeza entorpecida por los torpes, que no es poco, no, nada de poco. Se nos manifiesta en  puntos que abarcamos, que llegamos, que nos vamos.  Nos salva una pequeña fisura que entendemos, que siempre nos ha guiado, “la lucidez”, que los torpezanos no saben que existe, no saben que algunos de los mas mínimos esa fisura nos determina en la singularidad por fuera del el torpe.

La torpeza no es solo una torpeza motora o un descuido casual, sino una condición estructural y expansiva que amenaza con engullir la individualidad.

En la psicología de las masas y el contagio social, la torpeza opera como una fuerza de inercia. Cuando escribes que la torpeza sine qua non se nos licua por los poros, estás describiendo el fenómeno de asimilación inconsciente. La torpeza ajena nos satura, nos desgasta y perfora nuestras defensas cognitivas. La pregunta “¿somos nosotros ellos?” revela el peligro del automatismo: la posibilidad real de que, por estar inmersos en esa masa de torpes, hayamos integrado esa misma torpeza sin percibirlo.

La metáfora de la “maza” señala la pesadez y la agresión del acto torpe. La torpeza no suele pedir disculpas; se impone por volumen, por densidad y por repetición. Cuando dices que “se nos producen y reproducen”, abordas el aspecto de la reproducción del error no reflexivo. La torpeza es endogámica: genera más torpeza a su alrededor porque entorpece la capacidad de pensamiento claro de quienes la sufren.

El impacto más grave que identificas no es el daño material que causa el torpe, sino la obnubilación del juicio. Cuando la torpeza se vuelve el entorno estándar, el límite entre lo funcional y lo absurdo se borra. Nos resulta imposible discernir por nosotros mismos porque el ruido de fondo es constante y aplastante.

Aquí reside el núcleo de tu resistencia. La “lucidez” no aparece como un gran faro o una verdad absoluta, sino como una pequeña fisura. En términos psicológicos, esa fisura es la metacognición: la capacidad de observar el fenómeno desde fuera, de darse cuenta.

Los “torpezanos” habitan su torpeza con una fe ciega y sin grietas; no saben que la fisura existe porque carecen de autorreflexión.

Para ese grupo mínimo, en cambio, la conciencia de esa fisura es lo que preserva la singularidad. Darse cuenta de la torpeza es, precisamente, el único acto que nos rescata de ser parte de ella.

La lucidez no te vuelve inmune al impacto de los torpes —siguen perforándote y licuándose por tus poros—, pero evita que seas uno con la masa. Te condena a la incomodidad, pero te otorga la identidad.

 

 

 

 

 

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