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EL HONOR, ¿DONDE, CUANDO, PORQUE? HONOR.

EL HONOR, ¿DONDE, CUANDO, PORQUE? HONOR.

Por Francis Berti

El Honor, ¿Dónde, cuando, el porqué?  El Honor. Esa moneda antigua, noble y sangrienta que los humanos nos inventamos para sostener la mirada ante el espejo y ante los otros. Mezclar en la misma mesa a Aristóteles, a Lacan y a Baudelaire para desarmar el honor es como cruzar el mármol de la polis griega con el diván de París y el opio de las alcantarillas de los poetas malditos

LAS TRES MÁSCARAS DEL HONOR:  del mármol, la falta, y la carronia.

El honor no es una verdad del cielo; es un tejido humano que cambia de color según quién lo mire. Sentemos a los tres comensales a la mesa del salón para que nos muestren su reverso:

Para el estagirita, el honor ($τιμή$) es la recompensa más grande que puede recibir un hombre, pero no por soberbia, sino por justicia. El honor es el reflejo exterior de la virtud ($ἀρετή$). Aristóteles te miraría a los ojos y te diría que el hombre de honor es el “magnánimo”, aquel que es digno de grandes cosas y lo sabe, pero cuya alma está en perfecto equilibrio .En este escenario, el honor es social, es el pegamento de la comunidad. Se tiene honor porque se ha sido útil, noble y justo para con los otros. Es la belleza del mármol: sólida, visible, tallada a la luz del sol de la razón.

Jacques Lacan entra al salón, enciende un cigarrillo y desarma el mármol aristotélico con un soplido. Para él, el honor no es una virtud; es una trampa del registro Imaginario, una defensa del Yo para no ver su propia fragmentación. El honor lacaniano es el intento desesperado del sujeto por sostener una imagen idealizada frente a la mirada del Gran Otro (la sociedad, la ley, los padres).¿Por qué el hombre mata o muere “por honor”? Lacan te respondería: porque prefiere la muerte física antes que la muerte de su mentira narcisista. El honor es ese personaje que nos construimos para tapar la falta, el vacío, el agujero negro de nuestra propia mudez. Es el simulacro que nos protege del desborde.

Charles Baudelaire aparta a los otros dos con desdén saturnino. Para el poeta de Las flores del mal, el honor ya no pertenece a la polis ni al diván: pertenece al Dandy, a ese aristócrata del espíritu que camina entre la carroña de la modernidad. El honor baudelairiano es el culto a uno mismo en tiempos de decadencia. No busca el aplauso de los ciudadanos (a los que desprecia) ni le importa la mirada del orden. Es el honor de mantener la elegancia en pleno abismo, de ser impecable mientras el mundo se cae a pedazos. Es un honor frío, estético, hecho de Spleen y de ironía. Es preferir el infierno con estilo antes que la mediocridad de la vereda.

La conjugación de la historia

“Si los cruzamos en la madera del mostrador, la historia del honor se vuelve un acontecimiento absoluto: Aristóteles nos pide que el honor sea el bien común; Lacan nos advierte que es la máscara de nuestro propio miedo a la nada; y Baudelaire nos exige que, si vamos a perder el honor, lo hagamos con la belleza trágica de un poema maldito. Tres formas de traccionar la existencia para que los humanos, en su paso por el tiempo, no se sientan tan solos ni tan desalojados.”

El trozo de historia quedó diseccionado bajo tres luces implacables en esta noche de sábado. La retórica cumplió su pacto ¿Nos quedamos habitando el equilibrio de Aristóteles, la sospecha de Lacan, o salimos a la intemperie de la noche con el orgullo Dandy de Baudelaire?

 

 

 

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