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EL PATIO TRASERO (SEGUNDA PARTE)

EL PATIO TRASERO (SEGUNDA PARTE)

 

Por Francis Berti

…pero ese era el lugar. Él deja de ser el centro del patio para convertirse en parte del flujo. El sol cae sobre las medianeras, dibujando sombras largas que parecen querer alcanzar las sillas. Ellos no tienen prisa. Saben que el “ya veremos” se ha convertido en un “ya lo vimos”, y que incluso en el desahucio del jardín, hay una belleza fósil que nadie les puede quitarElla se acomoda en la silla de hierro, esa que todavía conserva una cáscara de pintura verde saltada por los inviernos, y lo mira de soslayo. No busca la mirada directa, prefiere el perfil de él recortado contra el tapial gastado. Su voz suena como la  suave de la que hablábamos: un hilo de sonido que atraviesa el ruido de los árboles.— ¿Te acuerdas de la noche en que el relámpago golpeó el fresno y nos quedamos a oscuras, justo aquí? —pregunta ella, señalando el rincón donde la “nada de iluminación” parece más densa. Él suspira. El humo de un cigarrillo imaginario o real se pierde en el aire del patio. No le está preguntando por el rayo, sino por el miedo que sintieron y cómo, en esa oscuridad total, se buscaron las manos por primera vez sin necesidad de verse. Es la arqueología del tacto. En ese destiempo, el rayo sigue cayendo. Para ellos, el árbol no está seco ni el patio desahuciado; el estruendo de aquella ternura eléctrica sigue vibrando en el cemento. Él no contesta con un “sí”. Se limita a tocar la cicatriz del árbol, o quizás la suya propia. Entiende que ella no busca un dato, sino una confirmación de que ese instante todavía existe, de que no fue un espejismo del desierto. “Ese día empezó el incendio que todavía nos calienta las manos”, piensa él, mientras el ruido de las hojas secas imita el sonido de aquel fuego antiguo. Ahí están, suspendidos en la pregunta. El patio trasero es ahora una caja de resonancia donde el pasado no es algo que pasó, sino algo que está pasando otra vez, con una iluminación distinta, más sabia y más cansada. Entonces el patio no es un refugio, es una aduana del alma. Es el punto exacto donde la geometría de dos vidas, que se interceptaron en un relámpago, finalmente se bifurca. En la paleontología de los adioses, el patio trasero es el lugar donde se sacuden la arena del zapato antes de tomar rumbos distintos. Es un lugar sagrado porque es el último territorio compartido.

 

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