LOS DIOSES Y EL HAMBRE
Por Francis Berti
Tengo todo lo que necesito, faltantes muchos, llegando una, perdidas otras tantas, puedo respirar, puedo estar en mí, no puedo estar en otras personas, eso, no me molesta .Un hombre sentimental se aventuraría para caminar una noche, aunque fuere su última noche. Camino y camino, me acerco a una plaza muy arreglada, con bancos vacíos llenos de olores rancios y perfumes vacíos de gente. Veo a lo lejos un banco torpe casi medio banco, con sus pies moviéndose. Si, allí recostado mi amigo judío pobre, me espera en la lumbre de la noche, con su saco de tela marrón, un sombreo y una bufanda mal abrochada. Me acero a él, me siento, el no me mira.-Ya estás aquí_ ¿De qué quieres que hablemos?. Pensé un instante- ¿Qué te parece en todos estos años si hablamos de nuestros Dioses? Y también del hambre. Una ontología de la madurez. Es el momento en que el inventario de la vida (los faltantes, las pérdidas y lo que llega) deja de ser una carga para convertirse en el aire que permite respirar. Ya no hay ansiedad por “estar en otros”; hay una soberanía del propio ser. Caminar esa “última noche” no es un acto de desesperación, sino de libertad absoluta. El hombre sentimental atraviesa una plaza que es un simulacro: está “muy arreglada”, pero sus bancos huelen a lo que queda cuando la gente se va (perfumes vacíos). Es el fin del imperialismo emocional. Ya no busca conquistar el territorio del otro, sino habitar su propia piel. Ese medio banco es el lugar del encuentro. La amistad verdadera, esa que se forja con los años, solo necesita un rincón donde quepan dos que ya no tienen nada que demostrarse.
El amigo judío pobre, con su saco marrón y su bufanda mal abrochada, es la personificación de la sabiduría del resto. No hay mirada de saludo porque ya están conectados; la charla simplemente continúa un hilo que nunca se cortó. Hablar de Dioses después de tantos años no es hablar de religión, es hablar de aquello en lo que pusimos nuestra fe y nos falló, o de lo que nos sostuvo cuando todo se derrumbó. ¿Qué ídolos quedaron en pie después de las pérdidas? Este es el punto más crudo y real. El hambre física del amigo pobre y el hambre metafísica del caminante. El hambre como motor, como carencia y como la única verdad que no se puede disfrazar con “perfumes vacíos”. Es el hambre de sentido, de pan y de verdad.
Y el amigo que espera con lo puesto. Se sientan a hablar de lo más alto (los Dioses) y de lo más bajo (el hambre), porque en la vejez de la sabiduría, esos dos puntos se tocan. “Él hambre es el Dios de los que no tienen nada, y los Dioses son el hambre de los que lo tienen todo. “Es una escena de una quietud monumental. El saco marrón contra el banco frío, y la pregunta lanzada al aire como una moneda de oro en un basurero. El amigo judío mete la mano en ese saco de tela marrón, un bolsillo que parece contener el tiempo mismo, y extrae los dos elementos que sostienen el mundo en esa plaza de perfumes vacíos.
No es una hogaza recién horneada; es un trozo duro, resistente, que ha sobrevivido al día. Representa el hambre domesticada. Al sacarlo, te está diciendo que la vida, en su forma más básica, es dura y exige ser masticada con paciencia. Es el “hambre” vuelta materia, algo que se puede tocar y partir.
Un papel tan manoseado que las letras parecen querer escaparse de las fibras. Es su Dios portátil. Esas palabras, que ya casi no se leen pero que él sabe de memoria, son el “brillo de la razón” que mencionabas, pero un brillo que ha pasado por la intemperie. La escritura está deshecha porque la fe, después de tantos años, ya no es un libro rígido, sino un resto que se lleva cerca del cuerpo para que no se vuele con el viento.Él no te ofrece el pan de inmediato, ni te lee la escritura. Simplemente los apoya en el pequeño espacio que queda en el “banco torpe”, entre tu cuerpo y el suyo.”Aquí tienes”, parece decir sin hablar. “Nuestros Dioses están en este papel que se deshace, y nuestro hambre está en este pan que no se rinde”.
En ese momento, la plaza arreglada desaparece. Ya no hay olores rancios. Solo queda la lumbre de la noche iluminando esas dos cosas: lo que alimenta el cuerpo y lo que sostiene el alma. El hombre sentimental que eres puede respirar en sí mismo, porque al lado tiene a alguien que ha reducido el universo a un bolsillo de saco marrón.