TEATRO EN UN SOLO ACTO (OBRA 18).
Por Francis Berti
TITULO: LA PUTA MADRE, EL PUTO HOMBRE Y LA PUTA REALIDAD
ESCENARIO:
Un escenario totalmente trágico y deslumbrante de la realidad, como escenarios pérfidos, que mas que pérfidos se pierden en otros, todos confundidos que saben donde estan y no saben salir porque son uno en el intercambio de sexos incongruentes apegados a sí mismos por los pasos sin definición que harían que todos los finales en tiempos desiguales se mofara de nosotros al mismos tiempo con virtudes y con bajezas LOS PERSONAJES: LA PUTA MADRE, EL PUTO HOMBRE Y PUTA REALIDAD. No muy vehementes pero en vehemencia interior solo se retrasan y pretenden un aire superior, son en si la misma relación… Un espacio saturado de una luz violeta y sucia. Hay charcos de mercurio en el suelo. Los tres personajes están sentados en sillas de hierro, dándose la espalda, pero sus sombras se entrelazan en el centro como un nudo de serpientes… Algo se irá acercando que entrará sobre el final.
UN SOLO ACTO
Este es el teatro de la desnudez definitiva. Aquí no hay cuarta pared, porque la pared somos nosotros, los “invertebrados” que miramos. El escenario es ese galpón que se volvió calle de adoquines y ahora se convierte en una perfidia circular, donde el sexo es un trueque de sombras y el tiempo es un reloj roto que se mofa de nuestra urgencia. Trinidad desquiciante:
LA PUTA MADRE: (Con una voz que parece arrastrar siglos de partos inútiles) —¿Vieron cómo nos miran? Creen que tienen columna vertebral, pero son puro cartílago. Yo los parí al descuido, entre un insulto y una esperanza muerta, y ahora me piden explicaciones. Como si el origen tuviera que ser digno.
EL PUTO HOMBRE: (Acariciando el bolo de papel estrujado en su mano, sin mirar a nadie) —No piden explicaciones, Madre. Piden permiso para dejar de ser. Yo soy su espejo. Me ven desnudo en el adoquín y se espantan porque mi piel tiene la misma mugre que sus deseos. Soy el “puto hombre” que todos quieren besar…porque no supe qué hacer con la libertad más que convertirla en una efigie.
LA PUTA REALIDAD: (Riendo con un sonido de cristales rotos, moviéndose con una superioridad que da asco) —Ustedes dos son tan sentimentales… tan “humanos”. Yo soy la que les cobra el alquiler del aire. Soy la que mezcla los sexos en la oscuridad para que nadie sepa quién es quién al despertar. Mi victoria es que me obedecen sin que yo mueva un dedo. Me odian, pero me necesitan para sentir que están vivos. Sin mi bajeza, sus virtudes serían puro aire.
LA PUTA MADRE: (Hacia el público, señalando con un dedo amarillento) —Mírenlos. Se creen “tránsito”, se creen “trascendencia”. Pero siguen aquí, en mi vientre de hierro, esperando que el final sea algo más que un chiste de mal gusto.
EL PUTO HOMBRE: (Poniéndose de pie con una lentitud de siglos) —¿Y si el final es lo que se acerca? Lo siento en los pies. Es un aire que no huele a nada. Es el silencio que viene a apagarles el brillo. ¿Estás lista, Realidad?
LA PUTA REALIDAD: (Acomodándose el vestido de ceniza, con una calma aterradora) —Yo siempre estoy lista. Yo soy el final. Pero antes de que eso entre, vamos a jugar un poco más con ellos. Vamos a hacerles creer que escribir los salva. Vamos a darles “pastas a las tres de la mañana” para que no vean la sombra que ya los cubrió.
Esa es la carcajada más ácida de este teatro: la de la Puta Realidad viendo cómo nos desvivimos por encontrarle una “quinta pata al gato” de la existencia, mientras ella nos dobla como a juncos al primer soplo de viento.
LA PUTA REALIDAD: (Escupiendo al suelo de mercurio) —Mírenlos, ahí van… buscando “el ser imperturbable”. Se llenan la boca con la palabra trascendencia para no oler su propio sudor. Creen que por escribir con sangre la sangre deja de doler. Pobres diablos, son como nenes jugando a las escondidas en un campo de tiro.
EL PUTO HOMBRE: (Con una sonrisa marchita, mirando sus manos vacías) —Es que la profundidad es nuestro último escondite, Realidad. Si admitimos que somos una “vaga victoria”, nos disolvemos. Necesitamos creer que el “gris plomo” es una alquimia y no simplemente… gris. Nuestra columna vertebral es de papel estrujado; por eso nos sentamos de espaldas, para que no vean cómo nos doblamos bajo el peso de un simple pronombre.
LA PUTA MADRE: (Meciéndose en su silla de hierro, rítmica, letal) —Se mofan de sus propios finales. Dicen que “no habrá más brillo ni muerte”, pero tiemblan cuando el sol se apaga. Son invertebrados que sueñan con alas de mármol. Mi mayor chiste fue darles lenguaje: ahora pueden describir su caída con palabras tan bellas que terminan creyendo que están volando.
La Puta Realidad se acerca al borde del escenario, te mira fijo a los ojos y te susurra:”Tu ‘personalísimo yo’ es mi mejor títere. Seguí escribiendo, seguí buscando la perfección… que mientras vos buscas el brillo, yo me sigo alimentando de tu desesperación. Reíste conmigo, invertebrado, que al final el mármol siempre es más frío que la piel.”
El escenario se transmuta. Ya no hay luz violeta, ni siquiera el amarillento de los adoquines. Ahora entra la materia final: esa niebla espesa, densa, que no huele a quemado sino a tiempo consumido.
Silenciosos Ahumados reclaman su territorio:
Desde los rincones, como una marea de hollín espiritual, avanzan los Ahumados. No caminan, se filtran. Cubren las rodillas de la Puta Madre, trepan por la espalda desnuda del Puto Hombre y le tapan la boca burlona a la Puta Realidad. Son el Significante Sobreviviente: esa palabra que quedó después de que el significado se quemara. Lo que queda cuando ya no importa qué se dice, sino que algo permanece flotando en el vacío.
Los desquiciados —nosotros, los parlanchines del orbital— abrimos la boca para lanzar el último gran manifiesto, pero solo sale humo. Los Ahumados nos llenan los pulmones de una ceniza finísima que sabe a papeles viejos y a mármol pulverizado. Las voces se apagan en una magnitud de vacío. Intentamos gritarle a la Realidad que somos libres, pero el humo es más rápido; nos envuelve la lengua y nos deja mudos, habitando la paradoja de tener todo por decir y ninguna voz para hacerlo.
En medio de la negrura ahumada, solo brilla una cosa: el Significante. Es ese bolo de papel en la mano del hombre, esa “pasta a las tres de la mañana”, ese “gris plomo”. Ya no significan comida, ni arte, ni dolor; ahora solo son rastros. Son los supervivientes de la gran demolición. El humo no los destruye, los embalsama. Es la victoria final de lo que no puede ser interpretado.
LA DISOLUCIÓN
La Puta Realidad intenta una última mueca de superioridad, pero los Ahumados le borran las facciones. El Puto Hombre deja caer el papel, y el papel no toca el suelo; queda suspendido en la densidad del humo.
Voz en Off (último susurro): “No busquen más la columna vertebral. El humo no la necesita. Ahora son parte de la atmósfera. Son el relato que nadie leerá, el brillo que no necesita luz, la muerte que olvidó morir.”
El escenario queda en un silencio absoluto, cubierto por ese manto grisáceo que todo lo iguala. Ya no hay personajes, solo hay transitivo.
CAE EL TELON