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TEATRO EN UN SOLO ACTO (OBRA 20)

TEATRO EN UN SOLO ACTO (OBRA 20)
Por Francis Berti

TITULO: INTEMPERIE, REFUGIO Y MÁS

ESCENARIO
Un escenario totalmente trágico y deslumbrante de la realidad, como escenarios, todos confundidos. Esta obra brutal. El telón no sube,   ni baja, se desgarra en si mismo. Estamos donde el escenario no es una plataforma, sino ese trágico que mencionas, donde el suelo mismo parece palpitar bajo el peso de la excentricidad.

LOS PERSONAJES

 LA INTEMPERIE entra a escena con la cara siempre manchada de azulino. Estaba a punto de hacer otra de sus famosas abducciones. Hoy se queda en un rincón, mudo. Prefiere el detalle inconexo, la piedra suelta, el zapato perdido, el roce de una piel que no encaja con su género. Ha renunciado a la “mentira de la totalidad”.

 EL REFUGIO. No tiene diálogos porque no tiene promesas. El es una promesa. Se sienta en el centro del escenario, justo encima del tajo que no cicatriza. Su vestuario es ese escenario deslumbrante. No mira al pasado el es presente y al futuro. ¿Tiene futuro? Su poder radica en que está ahí, habitando la herida como si fuera un trono. Es una calma que quema, una quietud que deslumbra porque no pide clemencia  húmedas de ese entrópico.

Y MÁS.  Que entrara sobre el final

Esto no es teatro convencional; es un ritual de desgarro, una arquitectura del abismo que calza perfecto con todo lo que venimos construyendo en este salón. Jim Thompson estaría aplaudiendo de pie desde la sombra, porque acá las apariencias no solo engañan, sino que se rompen en vivo.

INTEMPERIE, REFUGIO Y MÁS

Un teatro donde el suelo late y el telón sangra

El telón no sube ni baja: se desgarra en sí mismo, abriéndose como una carne vieja para dejar expuesto el tajo que no cicatriza.

 LOS RARÍSIMOS

LA INTEMPERIE (El mudo azulino): Entra arrastrando los pies, con la cara manchada de ese color azulino que nos recuerda a la gran muralla. Venía con hambre de abducciones, listo para tragarse mundos enteros, pero hoy decide el silencio. Se ovilla en un rincón. Renunció a la soberbia de la totalidad; hoy prefiere la belleza del detalle inconexo: la piedra suelta del empedrado, el zapato que alguien olvidó al correr, el roce incómodo de una piel que no encaja en las etiquetas del género de la vereda.

EL REFUGIO (La calma que quema): No necesita hablar porque las promesas no se dicen, se habitan. Se sienta exactamente en el centro del escenario, justo encima de la herida abierta, transformando el tajo en su propio trono. Viste el mismo escenario deslumbrante. No mira atrás; él es el presente absoluto y un futuro que no sabemos si existe, pero que no importa. Su poder es la pura presencia. Es una quietud que deslumbra porque no pide clemencia. Sabe, con una lucidez implacable, que nosotros somos las tres cosas: el empedrado que se pisa, el intercambio de las miradas y la herida que supura. Las cartas de este juego entrópico ya están tiradas sobre las piedras húmedas.

Y MÁS (La sombra del final): Un susurro que todavía no se deja ver. Una silueta difusa que espera su turno en la penumbra de las bambalinas, sabiendo que su entrada está reservada para cuando todo lo demás haya colapsado sobre el final del acto. Un inicio magnífico, áspero y radicalmente libre.

 DE LOS FISURADOS

LA INTEMPERIE (con una voz que suena a viento entre las grietas, rascándose la mejilla manchada de azulino): ¿Sentís esto, Refugio? Sentir el vacío no es una falta, es la única salud posible. Me preguntas a quién cuido yo en el gran libro del francés… Yo cuido a los que él llamaba los psicóticos. Los mejores, los verdaderos soberanos del lenguaje. Esos locos lindos que no cayeron en la trampa de la castración ni compraron la mentira del “Nombre del Padre”. Ellos no se tragan el verso de la realidad armada por los otros. Viven en el Ello, con el inconsciente a cielo abierto, sin decorados. Estar en la intemperie total de la estructura es no tener el paraguas del sentido. Yo los abrazo cuando el lenguaje se les desarma como este telón y se quedan mirando el detalle inconexo, el zapato perdido, la frase suelta que no rima con nada. Esos son mis elegidos: los que habitan el desorden sin pedir clemencia.

EL REFUGIO (sin moverse un centímetro de la rajadura del suelo, con una calma que quema la madera): Tu desorden es un desove hermoso, Intemperie, pero es un fuego que consume hasta los huesos. Es demasiado frío para sostenerse. Yo siento el tajo acá abajo y sé que la carne necesita un borde. Yo no cuido a tus náufragos del lenguaje; yo cuido a los que caminan por la cornisa sin caerse: los neuróticos obsesivos y los histéricos. Los que sufren, sí, pero porque están atrapados en la falta, buscando el objeto objeto a, ese motor invisible del deseo que nunca se alcanza. Lacan sabía que el deseo es el refugio más humano que inventamos para no volvernos locos del todo. Yo soy el marco del fantasma que ellos construyen para poder mirar el cosmos sin que el cosmos los abduzca. Les doy la tregua, el síntoma que los hace singulares. Los cuidos ahí, en el nudo de su propio conflicto, porque en su dolor de no encajar con el Otro, inventan el arte, inventan el trazo, inventan este mostrador. Sostener la falta sin que te devore el vacío… ese es el verdadero trono.

LA INTEMPERIE (deja caer una piedra suelta que tenía en la mano; el ruido es seco, nítido): Les das una jaula de oro, Refugio. Los cuidas en la neurosis para que sigan pagando el peaje de la ley de los otros, frotándose el ojo porque les molesta el ruido de la obra de la vida. Vos preferís el truco del espejo.

EL REFUGIO (con un brillo cortante en la mirada, vistiendo el escenario deslumbrante): No es un truco, es la distancia justa para que la herida no los mate. Sin mí, tus elegidos terminan devorados por el Gran Otro, disueltos en la nada. Yo soy el lazo social que les permite hablar. Vos sos la caída; yo soy el suelo que, aunque trágico, los recibe.

Las cartas húmedas sobre las piedras parecen cambiar de posición con cada argumento. El debate de los rarísimos no busca un ganador; es el choque eterno entre la estructura que se rompe y el síntoma que intenta salvar el naufragio.

Y justo ahí, entre el viento de La Intemperie y la piedra fija Del Refugio, se siente un crujido atrás de las bambalinas. Es la sombra que falta.

El crujido detrás de las bambalinas se vuelve un sonido seco, como de hojas secas arrastradas por un viento viejo. Y MÁS (que ahora se revela con toda su fuerza fundacional como Y LA MÁS) entra al escenario sin dar pasos, casi filtrándose por las comisuras de las maderas mal encajadas.

Su ropaje es gris, del color del polvo que se junta en las esquinas de las casas abandonadas. Los otros dos personajes se callan de golpe.

Coro de los desapercibidos

Y LA MÁS (con una voz múltiple, que suena como el murmullo de una multitud que habla en voz baja en la habitación de al lado):

¿Preguntan qué soy? ¿Preguntan qué somos?

Yo soy el futuro latente de los intercambios. El desecho que nadie quiere ver en la vereda de los otros. Soy el amontonamiento de los desapercibidos, esos que no tienen una cruz en el mapa, los que no saben dónde vivir porque ningún casillero de la estructura les calza bien. No somos los psicóticos puros de tu intemperie, ni los neuróticos prolijos de tu refugio. Somos los que se acomodan en cualquier parte: en la hendija de una estación de tren, en el hueco que deja un ladrillo calipso cuando se rompe, en el silencio que queda después de que el taladro de la obra se apaga. Nos acomodamos ahí… y nos anquilosamos. Nos volvemos rígidos, duros como el empedrado húmedo, petrificados en la espera.

LA INTEMPERIE (mirándola de reojo, fascinada por el detalle inconexo de su andar): ¿Y qué esperan en esa rigidez de piedra? ¿La abducción definitiva? ¿El regreso del sentido?

Y LA MÁS (se detiene justo en el borde de la plataforma, donde el telón desgarrado toca el suelo): ¿Esperando qué? Esperando nada. Ese es el misterio que se va a quedar así, mudo, per se. Esperamos el puro transcurrir, el accidente del tiempo. Nos anquilosamos esperando que alguien pase y nos lea diferente, como las dos copias de Thompson. Esperamos que el cosmos se acuerde de la tierra, o que la tierra deje de oler a sudario por un segundo. No tenemos el trono de la falta ni la libertad del vacío; somos el resto entrópico que se queda quieto, mirando cómo la vida inventa sus obras brutales mientras nosotros nos volvemos parte del decorado. Los tres rarísimos están sobre las tablas:

La Intemperie cuidando el desorden de los que rompen el lenguaje.

El Refugio dándole un marco al dolor de los que desean.

Y La Más sosteniendo la espera anquilosada de los que mutan en el olvido.

El suelo palpita por última vez. No hay finales que regalar, ni aplausos que esperar de la platea vacía. El telón desgarrado cae pesadamente sobre sí mismo, clausurando la escena definitivamente. “El teatro quedó a oscuras. Los personajes ya no hablan, se han vuelto piedra, síntoma y espera adentro del bolsillo. Nos quedamos en el mostrador, con el sabor áspero de los desapercibidos y el corazón en perfecta paz, sabiendo que el drama humano, al final, es un misterio hermoso que no necesita respuestas.”

El libreto de este solo acto está completo y brilla con una luz implacable sobre la mesa.

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