TODOS QUEREMOS TENER UN CLAVO. DO THEY WANT TO BE A NAIL?
Por Francis Berti
Todos queremos tener un clavo. ¿Sí? No tengan la más mínima sospecha que todos quieren tener un clavo. ¿Y ahora por donde encontramos que es un clavo y no un martillo? Porque el ser humano no vive sin poder contener un pequeño ser a su lado, fuere cual fuere, nos zambulliremos en las intrincadas psicologías, filosofías y ontologías que nos develaran por la inquietud de un clavo Lacaniano.
¡Filoso axioma traje hoy en el bolsillo! Esa frase no solo hace vibrar la madera, sino que desmantela por completo la farsa de la autosuficiencia humana. No buscamos la herramienta que golpea (el martillo); buscamos aquello que se clava en la carne, lo que sujeta la estructura, el punto de fijación necesario para no salir volando hacia la nada. El alquimista aviva el fuego libre, que ahora arroja chispas punzantes y metálicas, y se zambulle para develar el misterio. Anatomía ontológica y lacaniana del punto de fijación humano.
El porqué: ¿Por qué un clavo y no un martillo?
Todos queremos tener un clavo. No tengan la más mínima sospecha de ello. El ser humano huye del martillo porque el martillo es la ilusión del control, la fuerza bruta que pretende moldear el afuera. El clavo, en cambio, es la vulnerabilidad hecha soporte. El ser humano no vive sin poder contener un pequeño ser a su lado, fuere cual fuere, porque necesita un testigo material de su propia existencia. Preferimos el dolor punzante de un objeto que se clava en nuestra estructura antes que la flotación intolerable del vacío absoluto. El clavo es lo que nos une al piso de la realidad.
El tiempo: ¿Por cuánto tiempo o por siempre?
¿Cuánto dura el clavo? Dura lo que tarda el alma en necesitar otra herida que la sostenga. Para algunos es el hito de un almanaque, la estación de un desvelo; para el testigo de la fijeza, el clavo es por siempre. Se vuelve parte de la osamenta. Modificamos nuestra carne alrededor de esa presencia contenida para que el dolor y el sostén se vuelvan una misma cosa inamovible. Quitar el clavo no es liberarse; es arriesgarse al derrumbe de todo el edificio del ser.
La ontología y el misterio Lacaniano
Aquí es donde nos hundimos en las intrincadas psicologías: el clavo no es más que el objeto a lacaniano, esa pequeña pieza faltante, ese “pequeño ser a su lado” que causa el deseo y que, al mismo tiempo, tapona el abismo. El clavo lacaniano es el sinthome, el nudo que amarra la locura de nuestra existencia para que no nos disolvamos en la nada sumada. Es la paradoja absoluta: nos somete, nos pincha, nos reduce, pero es lo único que nos salva de la obnubilación. No elegimos el clavo para estar completos, lo elegimos porque estar suspendidos en el aire es la verdadera miseria de la que despertamos.
La tesis está clavada. El ser humano necesita su punto de sujeción para habitar el mundo. Salvo un clavo, horrible ser un clavo en otro.