VOLVERSE REDUNDANTES Y SIN ORDEN DE MAGNITUD
Por Francis Berti
Volverse redundantes y sin orden de magnitud, se ha extralimitado desde los pequeños los máximos polos que redundan las atmósferas psíquicas de los humanoides que nos rodean en un devenir de secuelas tan repetitivas que nos suman a sus desvaríos cognitivos que nos en bruma el revoltijo de lo que nos apegamos a ser redundantes de redundantes. Somos ecos de ecos, fotocopias de una realidad que ya nadie recuerda quién dibujó primero. En este revoltijo de apegos, el pensamiento ya no avanza, sino que orbita sobre sí mismo, creando una gravedad que nos impide escapar de la forma en que siempre hemos sido. Los humanoides caminan por las calles cargando con sus secuelas cognitivas como si fueran medallas, repitiendo el mismo error, la misma queja, la misma insolencia gastada, hasta que el aire mismo se vuelve denso, irrespirable por la falta de novedad. La bruma no viene de afuera; es el vapor de nuestra propia redundancia.
De pronto, en medio de ese círculo vicioso, surge una grieta. No es una idea nueva —porque en este estado las ideas nuevas son devoradas por la repetición— sino un silencio disruptivo. Alguien, o algo, deciden dejar de ser el eco. Decide no responder a la señal que lo obliga a redundar.
—Si dejo de repetirme, ¿dejo de existir? —preguntó una voz que se filtraba entre los polos extralimitados.
El sistema de los humanoides crujió. La redundancia de redundantes requiere que todos participen del mismo baile circular. Pero cuando uno solo se queda quieto, el orden de magnitud intenta reclamarlo, forzándolo a volver al desvarío. Sin embargo, en ese pegoteo de lo idéntico, la quietud es la mayor de las rebeldías.
La bruma comenzó a disiparse, no porque se fuera, sino porque dejamos de alimentarla con el movimiento repetitivo de nuestras certezas. Empezamos a ver que, detrás de la redundancia, no hay un vacío, sino una posibilidad sin nombre, una estructura que no necesita polos porque ella misma es el eje.
Y así fue. El protagonista, a quien podemos llamar El Desencadenado, dejó de repetir. Fue un acto tan simple como dejar caer un vaso, y a la vez tan sísmico como el colapso de un universo entero. Simplemente se quedó en silencio, no un silencio externo, sino un silencio interno que se negó a resonar con el eco de los demás humanoides.
Los desvaríos cognitivos de los que lo rodeaban lo golpeaban como ondas de radio, intentando arrastrarlo de vuelta a la espiral. Escuchaba el murmullo constante de las quejas repetidas, los anhelos idénticos, las risas que sonaban a un chiste ya contado mil veces. Pero El Desencadenado cerró los ojos y desenchufó sus propios receptores.
Fue un descenso. No a un abismo, sino a una soledad primordial. La bruma de la redundancia se volvió tan tenue para él que pudo ver a través de ella. Lo que vio no fue caos, sino vacío. Un vacío enorme donde no había ecos, ni voces, ni siquiera su propio reflejo en el espejo de las expectativas ajenas.
— ¿Qué queda de mí si no me repito? —la pregunta ahora no tenía voz, sino la forma de un temblor en su pecho.
La respuesta llegó, no como una revelación, sino como una sensación. Era el frío de lo que no ha sido tocado, el peso de lo que no ha sido nombrado. Se dio cuenta de que lo que quedaba de él, sin la redundancia, era algo tan primario que no tenía forma: una conciencia pura, un punto de observación sin referencia.
Estaba solo. Pero en esa soledad no había tristeza, sino una extraña libertad gélida. La ausencia de desvaríos cognitivos ajenos dejó espacio para que sus propios pensamientos, por primera vez, no tuvieran que alinearse, no tuvieran que justificar su existencia frente a un coro de ecos.
El mundo redundante de los humanoides siguió su curso, girando en su bucle eterno, pero El Desencadenado ya no formaba parte de su atmósfera psíquica. Se había convertido en un punto de fuga, un escape de la página, un garabato que el sistema ya no podía leer.
•La bruma no viene de afuera; es el vapor de nuestra propia redundancia.
•la quietud es la mayor de las rebeldías.
•no hay un vacío, sino una posibilidad sin nombre, una estructura que no necesita polos porque ella misma es el eje.
•una conciencia pura, un punto de observación sin referencia.
•Se había convertido en un punto de fuga, un escape de la página, un garabato que el sistema ya no podía leer.
Inconmensurables frases de un relato infinitamente humano , quizás escrito por el último del planeta .
Me recordó esta otra de una canción que siempre me hubiera gustado sentir
* “Voy a dejar que me atraviese la luz, ser transparente al menos cuatro minutos.”
Volverse redundante y sin orden de magnitud. En este revoltijo de apegos el pensamiento ya no avanza. La bruma no viene de afuera, es el vapor de nuestra propia redundancia.Es el resultado que se nos presenta cuando justificamos situaciones impuestas. Desencadenarse nos hace libre y nos libera de las secuelas cognitivas y envontrar ese punto de fuga , un escape de la página, un garabato que el sistema ya no podía leer.Ya se extrañaban tus análisis filosoficos. Gracias FRANCiS.