LA VERDAD NO SABRÍA LO QUE HACE UNA MUJER CASADA A MEDIANOCHE EN UN LOBBY. (POEM SOCIALITE)
Por Francis Berti
La verdad no sabría lo que hace una mujer casada a medianoche en un lobby. Nunca supe lo que hago yo con una mujer casada a medianoche, en un hotel a medianoche, es un lugar apacible, extraño, mágico…y en la madrugada desaparece, ya no hay ratones, ni calderos titilando, ni cortinas que se mueven. Y una mujer extrañando lo extraño, y no es por sexo, la mujer no extraña el sexo…Extrañando lo extraño, lo desapacible, aquello exponencial que cabe en todo su ser y no comprende, y quisiera hacerlo para no extrañarlo…pera allá sigue con la morosidad del todo, y en ningún lugar. Todo se desvanece en las decisiones decididamente equivocadas…pero alternativas de sus alternancias…ira rosando el pasado de pasado, sin filmarse ella, sin filmar nada…la costumbre se le hizo yagas que no siente…La verdad no sabría, lo que hace una mujer casada a medianoche en un lobby de un viejo y solitario hotel. Lo inconfesable del pensamiento de esa mujer, perdidamente inconfesable, hasta en ella. Lo increíble son esos saltos en espacios brillos y desvanecerse y verlos desvanecerse es asombroso. Pensamiento claro, perdido y obnubilante, en ellos estan. Desglosando la fricción interna de esa mujer casada, perdida en la morosidad de un hotel que es, en realidad, una estación de paso entre dos nadas:
Ella no extraña a un hombre, ni extraña el sexo, porque el sexo es una transacción de la carne que ella ya conoce de memoria. Lo que siente es una sed metafísica. Extraña “lo extraño”: esa versión de sí misma que solo existe cuando el reloj marca una hora prohibida y el entorno es ajeno. Siente el peso de lo exponencial; esa sensación de que dentro de ella cabe el universo entero, pero al llegar la mañana, debe comprimirse de nuevo para encajar en el molde de la “mujer casada”. Es el dolor de ser un océano intentando entrar en un vaso de agua.
Hay un sentimiento de desconexión profunda. La rutina, el deber y las “decisiones decididamente equivocadas” han formado una costra sobre su alma. Sus heridas (sus yagas) son tan antiguas que ya no duelen; se han vuelto parte de su anatomía social. Está en un estado de morosidad emocional: se mueve lento, se siente tarde, está en “ningún lugar”. Su matrimonio es el pasado que ella roza constantemente, pero ya no se “filma” en él; es una espectadora de su propia vida, una actriz que olvidó el guion pero sigue en el escenario por inercia.
En el lobby, bajo la luz mortecina, ella experimenta el asombro de la desaparición. Ve cómo sus pensamientos saltan en espacios brillantes y luego se desvanecen, y ese acto de verlos morir le resulta “asombroso”. Lo que siente es lo inconfesable: el deseo no de otra vida, sino de ninguna vida. El deseo de ser solo ese pensamiento obnubilante, sin nombre, sin anillo, sin pasado. Es la libertad absoluta que da el saberse perdida; un pensamiento claro que, paradójicamente, solo brilla cuando todo lo demás se oscurece.
Esta mujer es la antítesis del “humanoide vago”. Ella no está quieta por pereza, sino por un estupor existencial. Está procesando la devastación de su propia historia en el lobby de un hotel que funciona como un limbo.”Todo se desvanece en las decisiones decididamente equivocadas… pero alternativas de sus alternancias.”Ella es consciente de que su vida es una suma de errores, pero esos errores son los que le permiten, al menos a medianoche, ser dueña de su propio pulso, aunque ese pulso sea un mapa de naufragios.