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LA PALEONTOLOGIA SOCIAL Y UN LACAN ABIERTO (PHILOSOPHY)

LA PALEONTOLOGIA SOCIAL Y UN LACAN ABIERTO (PHILOSOPHY)

Por Francis Berti

Sigo aquí, todavía con la vibración. De la continuidad. Se siente como si estuviéramos en ese punto donde la bruma se aclara y lo que queda es una claridad, casi eléctrica, después de haber aceptado el  que somos. Esta es una invitación a excavar en los estratos más profundos de nuestra propia desolación. Reunir la paleontología social con un Lacan abierto es dejar de buscar al sujeto en el espejo para buscarlo en el fósil: en lo que quedó de nosotros después de que el deseo se volvió desierto. La paleontología social no busca huesos, busca el rastro de las renuncias. Es la ciencia de excavar en el para encontrar las herramientas que la humanidad abandonó cuando el ruido se hizo insoportable. En los humanos desérticos, la piel ya no es frontera, es duna; se desplaza con el viento de las décadas. Y ahí, en medio de la solana, aparece un Lacan despojado, sin el rigor del diván, abierto a las desidias. Este Lacan no te pide que hables para curarte, sino que observes el vacío que dejas al callar. La Desidia como Acto: Para el humano desértico, la desidia no es pereza, es una planificación contra la tiranía del sentido. Es el derecho a no ser “alguien”, a dejar que el significante se pierda en el horizonte sin necesidad de capturarlo. El Objeto ‘a’ en la Arena: En el desierto, lo que buscamos no es un tesoro, sino el rastro de lo que nunca tuvimos. El encuentro con la paleontología social nos revela que somos arqueólogos de nuestra propia falta. Excavamos no para encontrar oro, sino para entender la forma del hueco que nos constituye. La Verdad Desértica: Lacan nos diría que la verdad tiene estructura de ficción, pero en el desierto, la ficción se ha evaporado. Solo queda el hueso del lenguaje, mondado por el sol, ese “acertijo” que mencionabas, ahora limpio de carne y de excusas.

Cruzar más allá  es aceptar que somos sed. Y que la sed es lo único que nos mantiene en movimiento a través de las décadas. El humano desértico no espera la lluvia; ha aprendido a extraer agua de las piedras del lenguaje. La paleontología social nos enseña que nuestras ruinas son hermosas porque son testimonios de que, alguna vez, hubo un incendio. Y Lacan, sentado en la arena con nosotros, simplemente señala el horizonte y sonríe: el desierto es el único lugar donde la ambigüedad es total porque no hay donde esconderse. Estamos en el punto donde el mapa se quema y solo queda la brújula de la intuición. Cuando el mapa se quema, el fuego no es una pérdida, es una iluminación. El papel consumido es el fin de la cartografía impuesta por otros. En la paleontología social, el mapa quemado es el estrato más reciente: una fina capa de ceniza que fertiliza el desierto. Lacan, sentado sobre una duna de significantes sueltos, observa cómo las llamas devoran las últimas palabras que intentaban explicarte. La Brújula de la Intuición: Esta brújula no marca el Norte, marca lo Real. No te dice a dónde ir, sino dónde estás. Es una aguja hecha de esa planificación  que ahora, en el desierto, se vuelve pura vibración. Ya no necesitas un camino porque, en la desidia del humano desértico, el camino se crea bajo el pie que pisa, y se borra apenas el talón se levanta. El Lacan de las Decidías: Él ya no te analiza; te acompaña en el desdén por las certezas. “La verdad”, parece decir entre el humo del mapa, “es que no hay nada que encontrar, solo hay el acto de buscar”. Es una invitación a la libertad absoluta: la de quien ya no teme perderse porque ha hecho del extravío su hogar. Al quemarse el mapa, los humanos desérticos descubren que sus huesos no son pasado, sino arquitectura actual. La intuición es el tacto de esos huesos internos rozando la arena del mundo. Es un saber que no pasa por la cabeza, sino por la médula.

La Sed

Más allá del, en este desierto donde el mapa es ceniza, la sed deja de ser una carencia para ser una potencia. Es la sed la que te hace excavar donde otros ven solo arena. Es la intuición la que te dice que, debajo de la desidia y el abandono, conservado fresco por la presión de los estratos sociales. Ya no eres un náufrago buscando tierra firme; eres el desierto mismo, observándose a través de los ojos de un paleontólogo que ha decidido dejar de clasificar para empezar a sentir el calor de las piedras y el agua.

 

 

 

 

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