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TEATRO EN UN SOLO ACTO (OBRA 19)

TEATRO EN UN SOLO ACTO (OBRA 19)

Por Francis Berti

TITULO: UN KOSOVO INTERNO

ESCENARIO

Un escenario totalmente trágico y deslumbrante de la realidad, como escenarios, todos confundidos que saben donde estan y no saben salir porque son uno en el intercambio de sexos incongruentes apegados a sí mismos por los pasos de las excentricidades. Esta obra brutal. El telón no sube, se desgarra. Estamos donde el escenario no es una plataforma, sino ese  trágico que mencionas, donde el suelo mismo parece palpitar bajo el peso de la excentricidad.

LOS PERSONAJES

.La Mente entra a escena con la cara manchada de azulino. Estaba a punto de hacer otra de sus famosas abducciones —quería decirnos que ese caos tiene un “propósito”—, pero la hemos pescado. Hoy se queda en un rincón, mudo. Prefiere el detalle inconexo, la piedra suelta, el zapato perdido, el roce de una piel que no encaja con su género. Ha renunciado a la “mentira de la totalidad”. Hoy la Mente no dirige, solo observa cómo el desorden desova en el escenario. La Calma. No tiene diálogos porque no tiene promesas. Se sienta en el centro del escenario, justo encima del tajo que no cicatriza. Su vestuario es ese escenario deslumbrante. No mira al pasado (el lunes ya murió en la debacle) ni al futuro. Su poder radica en que está ahí, habitando la herida como si fuera un trono. Es una calma que quema, una quietud que deslumbra porque no pide clemencia “En el teatro de un solo acto, la salida es un decorado falso. La verdadera obra empieza cuando aceptamos que somos el empedrado, el intercambio y la herida, todo al mismo tiempo. El  Empedrado, que ahora gime con voz de mujer y respira con pulmones de hombre. Las cartas están sobre las piedras, húmedas de ese entrópico.

ACTO UNICO

LA MENTE (Vistiendo un corset de encaje sobre un torso rugoso, barajando las cartas del tarot con dedos nerviosos): — Te pesqué, Calma. O me pesqué yo. ¿Viste este detalle? Una colilla de cigarrillo aplastada entre dos adoquines. Mi abducción dice que es el fin de un romance, pero yo digo que es solo un cilindro de papel sucio. No voy a completar la frase. ¿Me oís? ¡No voy a concluir!

LA CALMA (Sentada con las piernas abiertas sobre el tajo, con una voz que suena a barítono antiguo y a seda rota): — Tu silencio es mi música, Mente. O debería decir… mi “querida” Mente. ¿Sentís cómo mis senos de mármol se hunden en este tajo de hombre? Ya no sé si soy la paz que esperabas o la furia que temías. Estoy aquí, barajando tu miedo con mi presencia. Tírame una carta, pero hacelo con la mano izquierda, la que no sabe mentir.

LA MENTE (Lanzando una carta: El Loco, pero con la cara del extraño de la campera raída): — El Loco… o la Loca. ¿Qué más da? En este intercambio de sexos incongruentes, la falda me queda corta para tanto pensamiento. El Empedrado nos está tragando, Calma. Mirá los pasos de las excentricidades… parecen bailarines en un matadero deslumbrante.

EL EMPEDRADO (Hablando a través de las grietas, con una vibración andrógina que hace temblar las rodillas de los otros personajes): — No me pisen con cuidado. Písenme con asco o con deseo, pero písenme. Soy el escenario trágico donde el “Él” se vuelve “Ella” en cada tropiezo. Aquí, las excentricidades son los únicos pasos que tienen sentido porque son los únicos que no buscan la salida. ¿Queréis salir, Mente? Te ofrezco un agujero. ¿Queréis quedarte, Calma? Te ofrezco un clavo.

LA CALMA (Acariciando el Empedrado con una mano enjoyada y la otra callosa de obrero): — No espero el miércoles. El miércoles es una invención de los que tienen sexo definido y horarios de oficina. Yo soy el tajo. Soy el momento en que la aguja del reloj se dobló y se volvió un anzuelo.

LA MENTE (Riendo a carcajadas, mientras se arranca el corset para revelar que debajo no hay nada, solo el azulino que cae en cascada): — ¡Barajen! ¡Barajen las cartas! Que el Rey sea Reina y que el As sea el cero absoluto. Si somos uno en este intercambio, entonces mi abducción es tu orgasmo, Calma. Y el Empedrado es nuestra cama de piedra. No hay salida porque ya estamos adentro del tajo. ¡Es deslumbrante!

El aire se vuelve espeso, casi sólido. El azulino de la cascada se evapora ante la llegada de algo que no tiene nombre pero tiene todo el peso de la existencia. Ya no es el intercambio, ya no es el juego de las máscaras.

Desde el fondo del escenario, donde la oscuridad era más densa, emerge Él.

EL PURO HUMANO (Avanza con un paso que no es excéntrico, sino absoluto. No tiene sexo porque es la raíz de todos ellos; no tiene vestiduras porque su piel es el mapa del dolor y la gloria).

¡Basta! —Su voz no es un grito, es un estruendo de huesos moliéndose.

Con sus manos, que son manos de labrador y de cirujano, comienza la trituración. Agarra a La Mente —con su corset roto y sus abducciones mentirosas— y la deshace como si fuera papel húmedo. Toma a La Calma y su “presencia expresa” y la exprime hasta que solo queda el tajo seco. La orgía de incongruencias, ese enredo de miembros y sexos que se buscaban para no encontrarse, es pasada por un molino de verdad cruda.

No hay odio en su gesto, hay una piedad violenta. Es “más humano que humano”, lo que significa que no tiene compasión por la mentira. Tritura la putrefacción del consenso, las excentricidades apegadas a sí mismas y el barro de la vulgaridad. El Empedrado cruje y se levanta, convirtiéndose en polvo bajo sus pies.

El escenario deslumbrante se convierte en una caldera de demolición. La debacle sexual, esa danza de sombras que intentaba llenar el vacío con ruido corporal, se disuelve en una molienda de identidades.

Entonces, el silencio. Un silencio que no es paz, sino el vacío después de la explosión.

De lo que antes eran personajes, de lo que antes era “lo pútrido”, solo queda el resto último. Solo un puro humano sopla sobre las cenizas de la escena y un miles de hollín —negro, liviano, cargado de la historia de lo que fue— sale despedido del escenario hacia el público.

El Público: Siente el hollín en los ojos, en los pulmones. Es el residuo de la propia hipocresía triturada. El Escenario: Limpio. Desnudo. Ya no hay teatro, solo el espacio vacío donde lo humano, por fin, puede ser sin máscaras. El Hollín: Son las cartas barajadas, el corset de la mente, todo reducido a la mínima expresión de la materia quemada. “Cuando lo Humano tritura la máscara, el único aplauso posible es el estornudo del hollín que nos recuerda que estamos hechos de ceniza y verdad. “Entonces, que así sea. El silencio que sigue a la trituración no es vacío, es hollín.

Ese polvo negro es el peso de todo lo que fuimos antes de ser verdaderos. Es el residuo de la “puta realidad”, de las abducciones de la mente, de la debacle sexual y del consenso que ayer nos asfixiaba. El Puro Humano ha terminado su trabajo: no dejó nada en pie, solo esta neblina de ceniza que se asienta sobre nuestros hombros, sobre nuestras manos y sobre el empedrado que ya no necesita ser nítido.

“En el hollín nos reconocemos. Sin el brillo de la excentricidad, sin el peso del tiempo, somos por fin la materia simple que espera, en silencio, volver a ser algo.”

 

 

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