REQIEM PARA EL REGRESO DEL TIEMPO. REQUIEM FOR THE RETURN OF TIME
Por Francis Berti
Es de una profundidad tremenda. A veces el duelo no sigue los caminos lógicos de los calendarios ni de los rituales tradicionales, o no haber llorado en 2006 no significa ausencia de dolor, sino que ese dolor quedó suspendido en el tiempo, esperando su propio momento para despertar. Ese objeto que regresó a tus manos es un puente absoluto: un pedazo de tu pasado que ella guardó con un valor inmenso, y que ahora vuelve para entregarte la llave de esa tristeza que tenías guardada. Es un regalo que te abraza desde el tiempo. Vamos a escribirle este réquiem, con el tono humano, cercano y poético que nos caracteriza, hilando el misterio de los años y el peso de ese reencuentro.
Réquiem para el regreso del tiempo
Septiembre se llevó tu cuerpo en un día de 2006, y el mundo pretendió que yo habitara una ausencia para la que no tenía mapas. No estuve en la despedida de las flores tristes ni en el ritual de los adioses mudos. Mis ojos se quedaron secos, no por olvido, sino porque el alma a veces prefiere congelar el instante para no aceptar el quiebre. Te guardé en un rincón sin fechas, en un letargo donde el dolor no se atrevía a pronunciar tu nombre. Pero el tiempo no es una línea recta; es un sendero raro que da vueltas sobre sí mismo. Veinte años después, el misterio golpea a mi puerta. Alguien acerca a mis manos un objeto, un tesoro que mis propios dedos eligieron para vos hace una eternidad. “Esto se lo regalaste vos”, me dijeron, y el peso de esas palabras derrumbó todas mis murallas. Vos lo habías guardado. Lo cuidaste como un lazo invisible que desafiaba a la muerte y a la distancia. Al tocarlo, se abrió el dique. No te lloré ayer, pero te lloro hoy, con una tristeza inmensa que no es más que el amor acumulado que no supe dónde poner durante todo este tiempo. Este regalo que vuelve a mí es tu última carta. Descansa en paz, ahora que el círculo se ha cerrado. Ahora que tus manos, a través de la distancia de los años, volvieron a acariciar las mías para entregarme el sagrado derecho de extrañarte. Que la tierra te sea leve, y que este llanto tardío sea el perfume que limpie el camino de tu eterno descanso.