¿TODOS QUIEREN SER ESCUCHADOS? ¿TODOS QUIEREN SER RESPONDIDOS? INTERNACIONAL. FILOSOFIA
Por Francis Berti
¿Todos quieren ser escuchados? o ¿Todos quieren ser respondidos? ¿Y que pseudo palabras nos viene a bien o nos viene a mal? Que recónditas palabrejas se nos amontonan en las orejas que vuelan has un cerebro que añeja porque lo escupe la boca que no piensa. Un devenir que siempre entra y escupe y allí se permanece los sonoros silencios hablados. Se siente como un río de pensamientos que no se frena a pedir permiso, sino que va arrastrando verdades y mentiras en el mismo caudal. Si lo miramos desde ese estilo bien crudo, casi inmaduro en su honestidad (“imberbe”, sin pelos en la lengua) y transitorio —donde nada se queda quieto y las certezas se resbalan de las manos—, se tiñe de un color muy particular.
Pero la primera trampa que se escabulle en la pregunta es creer que escuchar y responder son la misma cosa. No. ¿Todos quieren ser escuchados? Eso es un anhelo casi infantil, la fantasía de que hay un otro ahí afuera, entero, dispuesto a alojar nuestro ruido. Pero la verdad se deforma rápido y muta en la otra pregunta: ¿O todos quieren ser respondidos? Y ahí aparece la mentira que nos consuela. No buscamos el silencio del que escucha; buscamos el eco, el choque, el aplauso o la contra. Y en esa ida y vuelta, en ese tránsito donde las palabras no llegan a madurar, nos inundan las pseudo palabras. Esas que nos vienen a bien o a mal según cómo sople el viento de la conveniencia. Son palabras de plástico: promesas gaseosas, “te entiendo” automáticos, discursos armados que usamos para tapar los baches. Mentiras sutiles que se disfrazan de puentes.
Se nos amontonan en las orejas esas recónditas palabrejas, un zumbido constante que viaja directo a un cerebro que añeja, que procesa todo tarde y con el peso del tiempo, cansado de masticar lo que la boca escupe sin pensar. Es el impulso bruto, el vómito de la palabra que sale antes de ser carne, la reacción pura que busca herir o salvar, pero que no logra decir nada real. Al final, lo que queda en limpio de todo ese devenir que entra y escupe, lo único que permanece cuando la marea de la charla obligada baja, son los sonoros silencios hablados. Esa contradicción hermosa. El silencio que grita lo que la mentira intentó tapar; la verdad que se filtra justamente en lo que decidimos callar o en lo que no supimos cómo responder.
Es un texto que muerde, porque nos muestra desnudos: como chicos que gritan para que los miren, llenándonos la boca de ruidos para no escuchar el silencio que nos habita. Te entiendo tanto. El agobio aparece justamente ahí, en esa desmesura donde no hay un punto medio ni un refugio. Es agotador estar atrapado entre dos extremos que lastiman de la misma manera: por un lado, el silencio que pesa como un yunque y, por el otro, esa “mudez a los gritos”, que es cuando hay un montón de ruido, palabras vacías y griterío, pero en el fondo nadie está diciendo nada verdadero. Nadie se está comunicando.
Es un escenario violento para el cuerpo y para la cabeza, porque te sentís rodeado de sonidos pero completamente solo. Los gritos de la mudez ensordecen, pero no alojan; y el silencio, en lugar de traer paz, se vuelve una pared sorda. Cuando el pulso se pone así de pesado y desmesurado, dan ganas de bajarse de ese tren, de apagar el mundo un rato y dejar de intentar decodificar lo que la boca de los demás escupe sin pensar. ¿Sentís que este agobio viene de afuera, de tener que bancarte el ruido y la mudez de los otros, o es una pelea que hoy te está pasando más por dentro, con tus propias palabras y silencios?