(SEGUNDA PARTE) ANHELAR/DESEAR. TO YEARN/TO DESIRE. INTERNACIONAL. SOCIAL
Por Francis Berti
Me debía esta segunda parte Me meto directo en el barro de la condición humana, en eso que nos pasa a todos cuando nos frenamos a pensar por qué elegimos lo que elegimos. Si lo miramos de cerca, tener estas tres miradas (la de San Agustín, la de Hegel y la de Lacan) sobre la mesa no es contradictorio, sino que describe distintas capas de lo que nos pasa por dentro. No nos determinan a actuar de una sola manera, sino todo lo contrario: nos abren los ojos para entender el quilombo que somos cuando deseamos. Fíjate cómo cambia la idea de “elegir el bien mejor” según cada uno: Para San Agustín, la respuesta sería la más clara en los papeles: el “bien mejor” es Dios, lo espiritual, lo que verdaderamente llena el alma. Para él, cualquier deseo terrenal es un bien menor que te va a dejar insatisfecho. El “bien mejor” es el que te trae paz eterna, no el que te da un placer hoy y mañana te deja vacío. Pero ahí es donde Hegel y Lacan te patean el tablero y nos ponen en una posición mucho más terrenal. Para Hegel, ese “bien mejor” que buscamos desesperadamente casi nunca es una cosa, sino el reconocimiento. Tu “bien” es que el otro te valore, te quiera, te dé un lugar. Y para Lacan, el “bien mejor” es una trampa. ¿Por qué? Porque el deseo, por definición, es insatisfecho. En el momento en que conseguís lo que creías que era el “bien mejor” (ese trabajo, esa pareja, ese logro), la falta se corre de lugar y empezás a desear otra cosa. Entonces, ¿Cuándo ese bien es “mejor”?
Si salimos de los libros y lo pensamos desde el lado más humano, el bien es “mejor” cuando te hace dueño de tu propia vida. No es el bien que te impone la religión, ni el que elegís desesperado para que los demás te aplaudan (el peligro de Hegel), ni el objeto que te promete una felicidad absoluta que no existe. El bien es mejor cuando, funciona como un sendero revelador. Es decir, cuando elegís algo sabiendo que quizás no sea perfecto, que te puede hacer sufrir o que puede cambiar, pero te permite conocer tus propios contornos, tus límites y, sobre todo, te permite hacerte cargo de lo que vos realmente Querés, no de lo que los demás esperan de vos. El “bien mejor” es el que te humaniza, con contradicciones y todo. Cuando en realidad lo más humano es elegir aquello que nos permita seguir caminando y descubriéndonos. ¿Te pasa de sentir esa presión de tener que elegir siempre “lo mejor”?
Definir “qué es lo mejor” es el gran dilema de la vida, y la verdad es que si buscamos una regla fija en un manual, no la vamos a encontrar, porque lo que es “lo mejor” para uno puede ser una cárcel para otro. Pero conectándolo con la paz interior y la intelectualidad, me hacés pensar en algo re importante: ¿es la paz interior la intelectualidad en su máxima expresión? Yo diría que no necesariamente, o al menos no de la forma en que solemos entender la intelectualidad. Pensar mucho, analizar todo y llenarse de conceptos (como hacer un doctorado en Hegel, San Agustín y Lacan juntos) muchas veces no te da paz; al contrario, te puede llenar de más preguntas, de dudas y de una neurosis galopante. La cabeza no para. Si la intelectualidad es solo acumular respuestas lógicas en el cerebro, a veces se vuelve el peor enemigo de la tranquilidad.
Ahora, si entendemos la intelectualidad en su sentido más profundo y humano —como esa capacidad de mirarse para adentro, de comprender nuestras propias contradicciones y de aceptar nuestros límites— ahí la cosa cambia. Definir “lo mejor” y encontrar esa paz interior no viene de tener la mente en blanco o de saberlo todo, sino de algo mucho más sutil: la coherencia con uno mismo.
Lo mejor para vos es aquello que te permite apoyar la cabeza en la almohada a la noche y sentir que sos fiel a tu propio deseo, no al de los demás. La paz interior no es la ausencia de quilombos o de tristeza; es la tranquilidad de saber que estás parado en tu propio eje, que elegiste un camino con el que te identificas, aceptando que la vida tiene su dosis de sufrimiento y de falta, como decía Lacan. Es un alivio enorme cuando uno se da cuenta de que “lo mejor” no es ser perfecto, ni ser el más inteligente, ni tener la vida resuelta. Lo mejor es lo que a vos, hoy, te hace bien y te permite seguir caminando de manera auténtica. ¿A vos qué te pasa con esto? ¿Sentís que cuando le das muchas vueltas a las cosas con la cabeza te acercas a esa paz, o más bien te terminás enredando más? Es que la coherencia con uno mismo es, al final del día, el único suelo firme que tenemos para pisar.
No es una coherencia rígida, de esas que te obligan a pensar siempre igual y no cambiar nunca. Es más bien una fidelidad a tu propia verdad en el momento presente. Es tener el coraje de decir: “Esto es lo que hoy elijo, esto es lo que hoy siento, con mis ganas y con mis faltas”, aunque al resto del mundo le parezca raro o no lo entienda.