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COLISION DE LOS TORPES (I PARTE) COLLISION OF THE CLUMSY

COLISION DE LOS TORPES (I PARTE) COLLISION OF THE CLUMSY

Por Francis Berti

Caminar por la calle principal a las seis de la tarde no era una caminata; era una colisión postergada. No se trataba de torpezas aisladas —el tropezón involuntario o la disculpa rápida de quien lleva prisa—, sino de una maza invisible que avanzaba a pasos ciegos, ocupando todo el ancho de la vereda.

Ellos no caminaban: se reproducían en el trayecto. Cambiaban de dirección sin mirar, se detenían en seco en la mitad de los umbrales, abriéndose paso con la impunidad ciega del peso muerto. La torpeza se licuaba por el aire, entraba por los poros, impregnando la atmósfera de un cansancio denso. Era un contagio constante. En cada choque de hombros, en cada desvío absurdo para esquivar a quien no registraba la existencia del otro, surgía la duda venenosa: ¿cuánto de esto se me ha pegado ya?, ¿somos nosotros ellos?

La masa de torpes avanzaba en plenitud, sin fisuras en su ignorancia. No había en sus rostros duda ni sobresalto; habitaban su torpeza con la fe ciega de los monumentos. La maza aplastaba cualquier atisbo de orden, licuando el juicio de alrededor hasta volver imposible el discernimiento. Respirar ese aire era arriesgarse a olvidar cómo se camina en línea recta.

Pero en medio del empujón y la inercia, quedaba un refugio mínimo. No un faro ni una certeza gloriosa, sino una pequeña grieta en la percepción: la lucidez.

Un hilo fino, casi imperceptible, que permitía sentir el peso de la maza sin convertirse en ella. Los torpezanos jamás sabrían de esa fisura; marchaban convencidos de que el mundo entero debía amoldarse a sus tropezones. Sin embargo, para ese observador invisible entre la multitud, notar la falla, sentir el roce y sangrar la incomodidad era la única prueba firme de seguir siendo alguien fuera de la masa

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