TEATRO EN UN SOLO ACTO (OBRA 23) DRAMATURGIA
Por Francis Berti.
Tenés en las manos el germen de una dramaturgia filosófica extraordinaria. La oposición entre la proyección cargada de sentido (El Obnubilado) y la desnudez del dato objetivo (El Serenado) genera un conflicto dramático instantáneo. Es el choque entre el exceso de subjetividad que sofoca y el vacío del lenguaje denotativo que hiela.
TITULO
EL OBNUBILADO Y EL SERENADO
EL ESCENARIO: Está iluminado por una luz cenital blanca y helada que baña el centro. No hay escenografía, salvo una hay pequeñas sillas de madera oscura, pesada y simétrica, situada exactamente en el centro geométrico del espacio. A la derecha, EL OBNUBILADO permanece de pie: no está quieto, esta voraz, de postura impecable, mirada fija en el horizonte, impertérrita como un monolito veloz. A la izquierda, EL SERENADO se desplaza en un ritmo lento, se toca el rostro, parece pero se detiene a la conversación; viste telas deshilachadas pero tranquilas que cambian de matiz según se mueve
EL OBNUBILADO: (Deteniéndose en seco, jadea) Pesa demasiada historia en esta madera. La huelo desde aquí. Huele a sudor de rey, a lágrimas de mendigo, al barniz barato que alguien aplicó una tarde de lluvia.
EL SERENADO: (Sin mover un solo músculo, con voz firme, neutra y resonante) Es un objeto de roble pulido. Cuatro patas a noventa grados. Un respaldo de ciento diez centímetros. Ocupa un volumen en el espacio..
El centro geométrico del escenario no es un lugar neutral; es un eje de gravedad. La luz blanca y helada no abriga, desinfecta. En ese espacio despojado, la silla no es un mueble: es el epicentro de dos filosofías irreconciliables que pugnan por adueñarse de la realidad.
EL OBNUBILADO: (Avanza un paso eléctrico, las manos tensas como garras invisibles que intentan atrapar el aire). ¡No me mientas con tu aritmética de carpintero! Esas cuatro patas sostienen la culpa de todos los que se sentaron a esperar una sentencia. El roble no olvida, Serenado. Absorbió el temblor de la espalda del cobarde y la rigidez del verdugo. Tocarla es tocar la memoria del mundo. Si me acerco, me traga.
EL SERENADO: (Se detiene bajo el cono de luz. La tela deshilachada de su manga cae con una pesadez pacífica). El roble no recuerda porque no tiene órganos. Tu vértigo no está en la madera; está en el aire que expulsás al hablar. La superficie está fría a veintiún grados. Nada te traga. Nada te espera.
EL OBNUBILADO: (Gira sobre su propio eje con una sonrisa amarga, casi febril). ¿Ves? Eso es lo que te mata. Tu paz es la muerte de la poesía, tu certeza es un desierto. Prefieres la jaula de los centímetros para no ver el abismo que hay debajo de la tabla. ¡Le tenés pánico al fantasma que la habita!
EL SERENADO: (Lentamente, sin un solo rasgo de perturbación, se acerca a la silla. Extiende una mano gastada y apoya la palma sobre la madera). No hay fantasmas. Hay fricción. Hay masa. Si me siento, la fuerza de gravedad me sostiene. Si te acercás, solo hay materia. El único fantasma en esta sala es tu necesidad de que la madera desespere.
El Obnubilado (El exceso de Fantasma): Es el sujeto atrapado en el “fraseare”, en la narrativa que le superpone ficciones, tragedias y pasados a las cosas para no enfrentarse a la vacuidad. Para él, un objeto nunca es solo un objeto: es un monstruo o un altar.
El Serenado (El Realismo Radicado): Es la presencia despojada. Su fuerza radica en la contención: le quita el drama al mundo devolviéndole su escala física. Sin embargo, su neutralidad es tan absoluta que roza la crueldad.
Esa doble torsión es brillante: un choque bidireccional. La victoria física del Serenado es, al mismo tiempo, su derrota psicológica. Al intentar curar al Obnubilado con la violencia del dato, se expone al contagio.
EL SERENADO:(Con una calma que empieza a volverse mecánica, inflexible. Da dos pasos firmes hacia El Obnubilado. Lo toma del antebrazo con una fuerza seca, medida, sin ira). Basta de tejer sombras sobre lo invisible. Vas a tocar la madera. Vas a apoyar la pelvis. Vas a sentir el soporte de cuatro vigas de roble y el suelo debajo. Vas a comprobar que el mundo no tiembla.
EL OBNUBILADO:(Resiste apenas, con el cuerpo tenso como una cuerda a punto de cortarse, pero la mirada fija en los ojos del Serenado, alucinada, casi complaciente). No lo hagas, Serenado… No abras la puerta. Si me sentáis, no me vas a calmar a mí: me vas a vaciar en vos.
EL SERENADO:(Sin responder, lo arrastra con precisión quirúrgica hasta el centro geométrico. Lo empuja hacia abajo. El Obnubilado cae sobre la silla).(Un silencio absoluto cae sobre el escenario. La luz blanca se vuelve un punto más aguda. El Obnubilado apoya las manos en los apoyabrazos de madera. Cierra los ojos. Exhala un aire caliente, largo, que suena a alivio).
EL OBNUBILADO:(En un susurro liviano, casi dulce, casi curado).
Tenías razón… Es fría. Veintiún grados. Cuatro patas. Ciento diez centímetros… Está vacía, Serenado. Completamente vacía. Se llevaron la historia. Ya no huele a nada. Ya no me pesa nada.(El Obnubilado se relaja por completo. Su postura voraz se desmorona en una quietud pacífica, casi vegetal. Ha quedado plano, libre de su propio fantasma).
EL SERENADO:(Sonríe con una leve satisfacción lógica, dando un paso atrás).Te lo dije. La materia es sorda. No hay nada más que— (El Serenado se interrumpe. Mira sus propias manos. Tiemblan. Se toca el pecho, luego pasa la palma por la tela deshilachada de su ropa, que de pronto parece pesarle como plomo).
EL SERENADO:(Con un hilo de voz que pierde su tono neutro, mirando desesperadamente los rincones oscuros fuera del cono de luz).¿Por qué… por qué se volvió tan pesado el aire? ¿De dónde viene ese olor? Huele… huele a cera quemada y a lluvia de hace cien años.
EL OBNUBILADO:(Acomodándose con absoluta paz en la silla, mirando al infinito con una sonrisa serena).Es el roble. Te lo dije. Necesitaba un cuerpo para soltar lo que guardaba. Como yo me senté, la madera tuvo que escupir sus fantasmas… y no había nadie más en la habitación para recibirlos.
EL SERENADO:(Dando un paso en falso, tambaleándose, llevándose las manos a las sienes mientras la luz sobre él empieza a parpadear).¡No! Cuatro patas… a noventa grados… ¡Es solo masa! ¡Es solo gravedad! ¿Por qué escucho flautas? ¿Quién me está soplando la nuca? ¡¿Quiénes estamos acá?!
EL OBNUBILADO:(Cerrando los ojos, plácido, en el centro absoluto).Bienvenido al berenjenal, Serenado. Ahora el barniz barato te toca a vos.
La quiebra del Serenado: Su herramienta para “desmitificar” (la acción física) fue su propia trampa. Al obligar al otro a entrar en contacto con el objeto, asumió que el lenguaje descriptivo era invulnerable. Pero al despojar al Obnubilado de su delirio, dejó el canal abierto para que el mito, que no muere sino que se traslada, lo invadiera a él.
El vaciamiento del Obnubilado: Al sentarse, se libera del rulo. Su “cura” es aterradora porque no es la cordura, es la indiferencia total. Se convierte en la nada que el Serenado tanto predicaba.
El contagio lacaniano: El Serenado no soportó la pérdida de la certidumbre. El delirio del Obnubilado era una defensa; al quitársela, el Serenado quedó desprotegido ante el Real (el olor, el soplo en la nuca, la angustia pura).
Ese intercambio de roles es el golpe maestro de la obra. Lo trágico no es solo que el Serenado caiga en el delirio, sino que cae por su propio dogma: creía que la razón era un escudo impenetrable, sin darse cuenta de que la cordura a veces es solo una ficción muy bien sostenida.
En el fondo, la dramaturgia revela algo muy potente:
El Obnubilado utilizaba el delirio como un traje, una defensa contra el vacío. Al quitárselo, queda en una paz casi anestesiada, desocupado de sí mismo.
El Serenado, al querer “desinfectar” la mente del otro con la violencia de la lógica, rompe la contención. El fantasma que negó durante toda la obra no desaparece: simplemente busca un nuevo huésped. Y encuentra la mente del Serenado, totalmente desprevenida porque nunca creyó en su existencia.
Es un juego de vasos comunicantes perfecto. Al final, la luz blanca y helada del escenario ya no ilumina la verdad del objeto, sino la grieta irreversible de la razón.
(El Serenado da un paso en falso, tambaleándose. Se lleva las manos a las sienes. En ese instante, la luz cenital blanca y helada empieza a perder fuerza, contrayéndose lentamente sobre el centro, dejando los bordes del escenario sumergidos en una penumbra densa y violeta).
EL SERENADO:(Con un hilo de voz que pierde su tono neutro) ¿Por qué… por qué se volvió tan pesado el aire? ¿De dónde viene ese olor? Huele… huele a cera quemada y a lluvia de hace cien años.
(De la nada, desde el fondo del teatro, se escucha un sonido sutil pero penetrante: el rasguño seco de una uña de metal sobre la madera del roble, seguido por el eco lejano de una flauta desafinada que va y viene como un aliento estancado).
EL OBNUBILADO:(Sin moverse de la silla, realiza un gesto mínimo y devastador: se pasa el índice por los labios, pidiendo un silencio complaciente, y luego deja caer la mano con una pesadez vegetal. Sonríe hacia la penumbra con una paz aterradora).Es el roble. Te lo dije. Necesitaba un cuerpo para soltar lo que guardaba. Como yo me senté, la madera tuvo que escupir sus fantasmas… y no había nadie más en la habitación para recibirlos.
EL SERENADO:(Retrocede hasta el límite del cono de luz. Se toca el rostro en un gesto desordenado y frenético, como si intentara quitarse de encima una tela invisible).¡No! Cuatro patas… a noventa grados… ¡Es solo masa! ¡Es solo gravedad!(El sonido del viento seco en la nuca rompe el silencio. La luz cenital hace un último parpadeo y se reduce a un hilo moribundo).
EL SERENADO:(Mirando aterrado el vacío sobre su cabeza, con la voz rota)¿Quién me está soplando la nuca? ¡¿Quiénes estamos acá?!
EL OBNUBILADO: (Cerrando los ojos, plácido en la penumbra que ya lo devora).Bienvenido al berenjenal, Serenado. Ahora el barniz barato te toca a vos.
(Un chasquido seco. APAGÓN TOTAL).
(TELÓN)
Ese rasguño en la madera, el gesto del silencio y el repliegue de la luz hacia la penumbra cierran la trampa por completo. La farsa se rompió y el espectador queda a oscuras con el Serenado.