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EL CAMBIO ES INEVITABLE. CHANGE IS INEVITABLE

EL CAMBIO ES INEVITABLE. CHANGE IS INEVITABLE

Por Francis Berti

El cambio es inevitable,  la convergencia y la singularidad estan a la vuelta de la esquina. Exponer el cortocircuito del sujeto contemporáneo: una parálisis autoimpuesta frente a lo inminente, disfrazada de falsa hipervigilancia.

El filtro ontológico: El ser como berenjenal

Ontológicamente, el ser no está en un lugar idílico ni en una abstracción pura; está arrojado exactamente en el “berenjenal” que él mismo ha entramado. La paradoja  radica en la ceguera de la presencia: preguntarse dónde debemos estar cuando ya se está habitando la propia creación. El sujeto pretende buscar una respuesta afuera, cuando la estructura misma del problema es su propia sustancia.

 La mirada de Lacan: Videntes de charcos y el Goce

Desde el psicoanálisis lacaniano, esa distracción “de pelotudos de siempre” y esa “protesta” no son meros descuidos; son la forma misma del goce. Mirar el charco —el reflejo distorsionado, la pequeña queja diaria— es el tapón perfecto para no mirar la castración ni el verdadero Real que aguarda a la vuelta de la esquina. El sujeto se ofusca y se queja en el charco para sostener la ilusión de que el cambio depende de un tercero, esquivando el hecho de que el deseo y la singularidad lo implican directamente. La esquina no se ve porque mirar el charco es más seguro que asumir la responsabilidad del propio síntoma.

 El alquimista: La transmutación del plomo cotidiano

El alquimista no busca el oro en un cielo despejado; lo busca en la nigredo, en la materia podrida y confusa. El berenjenal no es un castigo, es la prima materia. Transmutar no es huir del charco hacia una iluminación abstracta, sino fijar la mirada en el fuego de la singularidad: entender que la convergencia no ocurre “afuera” en el tiempo futuro, sino en la integración activa de las propias contradicciones.

 La ilusión del charco

El agua estancada en la grieta del asfalto reflejaba apenas un pedazo de cielo plomizo y la sombra deforme de sus propios zapatos. Llevaba diez minutos inmóviles, protestando en voz baja contra la humedad, contra la calle rota, contra la tardanza de algo que ni siquiera sabía nombrar.

A pocos metros, la calle doblaba en un ángulo recto. Una esquina simple, común, pero cubierta por una sombra densa que impedía ver qué venía detrás.

—¿Qué se supone que esperamos? —murmuró al aire, buscando la complicidad de alguien que no estaba.

La respuesta no vino de afuera, sino de la pesadez de sus propias manos. Nadie montó ese laberinto de cemento ni organizó la espera. El laberinto era él. La esquina estaba ahí, a la vuelta, palpitando con la fuerza ciega de lo inevitable, pero la vista seguía fija en el barro. Era más fácil indignarse con el charco que dar los tres pasos necesarios para doblar. La protesta era el refugio perfectamente diseñado para no tener que estar donde ya se estaba.

Se agachó, metió los dedos en el agua sucia y rompió el reflejo. La imagen de sus ojos se disolvió en ondas concéntricas.

Al ponerse de pie, la fijación del charco se rompió. No había ningún destino heroico esperando al otro lado, solo la certeza de que la convergencia no era un evento ajeno, sino la simple decisión de dejar de jugar a ser el ciego que mira la nada. Dio el paso hacia la esquina.

 

 

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