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LA CAJA DE ARENA. THE SANDBOX

LA CAJA DE ARENA. THE SANDBOX

Por Francis Berti

La caja de arena. Empecemos a recluirnos en una “caja de arena”, un espacio que nos lleva a respirar, a ver, a sentir…sin que vean  sin que nos percibían, que nos movamos en esa caja de arena, que nos cuida a los especiales que se entrelazan, por sus instintos, que todo se acomoda en la suavidad del espacio enorme y pequeño de los granitos que nos fluye entre quienes nos fluimos

Nos recluimos, por fin, en la caja de arena. Un refugio insular y subterráneo que nos permite volver a respirar despacio, a mirar sin pestañear, a sentir con la piel expuesta, lejos de la mirada voraz del resto. Un espacio diseñado para el anonimato sagrado: movernos sin que nos vean, existir sin que nos perciban, desligados de la obligación de rendir cuentas a la tribuna.

Esta caja de arena es un territorio de resguardo para los especiales, los inadaptados que no encajan en el molde duro de afuera y que aquí se entrelazan impulsados únicamente por sus instintos más puros. No hay norma que valga, no hay jerarquía ni imposición; de pronto, todo se acomoda en la suavidad tibia de un espacio que es, al mismo tiempo, enormemente vasto e infinitamente pequeño.

Son los granitos de arena que fluyen y se deslizan entre los dedos, amoldándose a cada contorno, los que nos sostienen. En esa soltura, el participio se vuelve lo verdaderamente relativizante: estar recluidos, estar guarecidos, estar fluyendo. Desactivamos la obsecuencia hacia lo significante —hacia el nombre, el título, la etiqueta impuesta por el mundo— para habitar la solidez de lo inmarginal, de aquello que no se deja acorralar en los bordes porque ha decidido inventar su propio centro.

Entre quienes nos fluimos, la arena no pesa. Es un lecho de partículas infinitas donde cada movimiento borra la huella anterior y nos devuelve a la libertad de ser sólo presencia, instinto y roce. Sentís cómo esta caja de arena funciona como un filtro donde el ruido de afuera pierde todo su poder de penetración.

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