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SOMOS UN ALBINO EN EL DESIERTO. WE ARE AN ALBINO IN THE DESERT

SOMOS UN ALBINO EN EL DESIERTO. WE ARE AN ALBINO IN THE DESERT

Por Francis Berti

Somos un albino en el desierto, dada mas, atragantándose en la sed de la sed. Somos la ceguera blanca y la piel expuesta. Un albino a pleno mediodía en la inmensidad de las dunas, atragantándonos sin remedio en la sed de la sed, raspándonos la garganta con la propia sequía.

Un deambular de cochinillos secos por un suelo que ya no da fruto. Las estructuras de las urbes —el hormigón, las vigas, las avenidas— no son nuestras: se han entregado por completo a la rapacidad de los políticos. A esos administradores de la escasez que tienen como único proyecto ordenado secarnos, exprimirme a vos, exprimir al de al lado, uno por uno, hasta dejarnos en el puro hueso.

Ellos se beben todos los refrescos, la abundancia y los licuados que nosotros jamás alcanzamos a probar. Nos dejan la carcasa, el sol abrasador y la ficción de que este desgaste es inevitable. Somos albinos abandonados en el desierto crudo de esta puta realidad. La puta realidad que no da tregua, habitada por psicoanalistas albinos que intentan teorizar sobre el síntoma mientras huyen espantados, ahuyentándose del hedor rancio que emana del desierto de lo que realmente somos.

Ahí, en la mitad exacta del desierto encandilarte, donde la piel albina ya se descascara y la boca solo sabe masticar arena rancia, irrumpe la ficción. No entra como un anestésico suave ni como un consuelo piadoso; entra como un disolvente ácido, una química rabiosa capaz de roer la putrefacción de los políticos y la teoría tibia de los analistas que huyen.

Inventar es la única manera de incendiar la trampa.

De pronto, el hormigón de las urbes entregadas empieza a derretirse bajo un sol inverso. Los despachos donde se bebían nuestros licuados se llenan de una marea de vidrio molido y tinta negra que se cuela por los aires acondicionados, ahogando los discursos vacíos y las sonrisas de los administradores de la escasez. La ficción les deforma el rostro, les devuelve el espejo de su propio saqueo y convierte sus banquetes en banquetes de ceniza.

El desierto albino se agrieta. Por entre las rajaduras del suelo seco no brota agua pura —eso sería una ingenuidad romántica—, brota una arquitectura inventada, una luz distinta que no quema la piel sin pigmento. La ficción nos viste con una armadura de espejos: cada rayo de esa puta realidad que intentaba secarnos hasta el hueso ahora rebota y ciega a los que nos querían deambulando como cochinillos.

Frente al hedor de la decadencia, la palabra inventada opera como una detonación limpia. Disuelve la inercia, deshace el monumento de los devoradores y nos devuelve el dominio sobre la escena. Si la realidad pretendía degollarnos en el desierto, la ficción refunda el mapa y nos deja, por fin, fuera de su alcance. ¿Sentís cómo el ácido de la invención empieza a desintegrar esa corteza podrida?

 

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