LA PROPORCIONALIDAD DE LA DEBACLE. THE PROPORTIONALITY OF THE DEBACLE
Por Francis Berti
Ahí, en la grieta exacta donde el Método se estrecha las manos con la Locura, es donde la estructura humana revela su naturaleza de andamio podrido.
Nos pasamos la existencia fabricando rituales de precisión —secuencias rígidas, pasos medidos, la obsesión pulcra de los “metodistos locos”— para amortiguar el estruendo de nuestra propia estampida interna. Queremos creer que el deber sostiene al mundo, cuando en realidad cada deber no es más que un indeberes domesticado, una concesión cobarde al miedo a la intemperie. Y en la otra orilla, la locura sin brújula amenaza con desintegrar el suelo que pisamos.
La trampa de los “locos metodistos” es pretender una autosuficiencia absoluta: levantar un imperio de certidumbres falsas sobre la arena, medir el abismo con una regla de madera y convencerse de que el abismo ha sido dominado. Es la debacle de creernos a salvo por el mero hecho de haber clasificado el desastre.
Interrogar a la filosofía para que pida cuentas a la ontología no es buscar un refugio académico ni una fórmula piadosa. Es exigirle al ser que muestre sus cartas rasas: la ecuación no busca anular la Locura ni canonizar el Método, sino encontrar la proporcionalidad justa del estallido.
El Método da la forma, el contenedor de vidrio; la Locura es el magma, el destello ciego que arde dentro. Sin la tensión de ambos, solo queda la vacuidad de los que obedecen o la dispersión inútil de lo que no tiene cauce. La verdadera simetría no radica en la calma, sino en sostener el peso de la carnicería interna con la elegancia despojada de quien ya no necesita inventarse.
Qué peso tiene la balanza cuando comprendemos que la cordura no es la ausencia de locura, sino la disciplina para sostener el incendio sin quemar la estructura.