LA GEOMETRÍA DEL IMPACTO. THE GEOMETRY OF IMPACT
Por Francis Berti
No quiero la tutela. No quiero un guardia de mi fragilidad ni un arquitecto de mis ruinas. La servidumbre del cuidado mutualista es el sedativo con el que los humanoides maquillan el miedo a la intemperie. Querer que alguien se dedique a uno es resignarse a ser una carga o un proyecto ajeno.
Lo que busco no es un ser, sino un resultante.
Un cruce de vectores en el vacío. La coincidencia exacta de dos trayectorias que han atravesado sus propios trasfondos, limado sus propias esquinas y desmontado las personalidades impuestas para terminar cayendo en el mismo punto cero. Un lugar donde uno transfiere sin invadir, donde se habita al otro sin estar en él, preservando la distancia sagrada entre dos solitudes que no buscan completarse, sino colisionar.
Nos tomó demasiado tiempo —vidas enteras de ensayo y error, de altares caídos y promesas rotas— resolver el engaño: el amor, esa convención tibia y doméstica, no existe. Es una alegoría de terceros inventada para amortiguar el pánico al abismo.
Lo que sí existe es el momento extremo.
Ese instante vertical que te pasa por encima, que quiebra la cáscara del ego y te trasciende. Ahí, en esa cumbre sin suelo, sabés con una certeza ciega que la presencia no depende de la cercanía física. Ese rayo purifica todos los obvios —los afectos reglamentarios, los sacrificios calculados, las entregas que piden recibo— sin arrugar la materia. Desintegra el registro del cobro: uno se olvida de lo que ha entregado porque la transacción queda abolida ante la inmensidad del choque.
Es así. Es exactamente así cuando te descubrís fuera del amor convencional, no por carencia, sino por elección rotunda. Estás ahí porque querés estar con esa forma de estar: la del único y absoluto humanoide que no busca luz prestada. Dos presencias opacas que, en la densidad de su propia noche, generan un chisporroteo subterráneo. Un destello que ilumina el abismo sin la vulgaridad de alumbrarse.