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AJENOS…TOUCHÉ

AJENOS…TOUCHE

Por Francis Berti

El aire en el “Los Anclados” no se movía; era una mezcla espesa de aceite quemado, tabaco barato y el rancio aroma de las derrotas acumuladas. Las paredes, de un amarillo enfermo por la nicotina, parecían sudar.

Él estaba allí, una masa compacta de abrigo oscuro y hombros caídos, mimetizado con la madera pegajosa de la mesa. Fumaba con la parsimonia de quien ya no espera que el tiempo pase, sino que lo atraviese. Observaba el mundillo: un borracho que intentaba convencer a una silla de su inocencia y el parpadeo errático de un neón que escupía una luz violácea sobre el serrín del suelo.

Entonces, ella entró. No encajaba, pero no por elegancia, sino por dirección. Caminaba con la precisión de un bisturí. Se detuvo ante la mesa de aquel hombre-montaña, lo midió con una mirada que no pedía permiso, sino que reconocía un territorio.

Se sentó. La silla chirrió como una protesta.

— ¿Puedo? —dijo ella, con una voz que sonaba a papel de lija fino.

Él no apartó la vista del humo que subía en espiral, como un Pollock gris sobre el fondo oscuro.

—Ya lo hizo —respondió él, sin hostilidad, casi con alivio—. En estos lugares, la cortesía es solo un retardo innecesario.

Ella dejó un bolso de cuero gastado sobre la mesa. No pidió nada de beber.

—A estas horas, la gente busca esconderse o encontrarse —dijo ella, observando las manos nudosas del hombre—. Usted parece haber hecho las dos cosas y ha decidido que ninguna vale la pena.

Él finalmente la miró. Tenía los ojos cansados, de una madurez que ya no siente curiosidad, solo reconocimiento.

—He descontinuado mi suscripción a la realidad —él soltó una bocanada lenta—. La vida se vuelve más honesta cuando dejas de intentar que “encaje”. Mire este bar. Es un caos de voluntades ciegas buscando un último trago. Es horrible. Y sin embargo, es lo único que no miente.

—El caos es lo único que sobrevive cuando las estructuras se rompen —asintió ella, inclinándose un poco, ignorando el griterío de fondo—. He pasado veinte años construyendo un matrimonio, una carrera, un nombre… solo para darme cuenta de que eran solo túnicas. Al final, solo queda este momento: un bar de mala muerte y una conversación con un extraño que no quiere nada de mí.

—No quiero nada porque ya sé que no lo tiene —dijo él, con una sombra de sonrisa—. A nuestra edad, los intereses profundos son como los restos de un naufragio. Solo nos importa lo que flota.

—¿Y qué flota para usted ahora mismo? —preguntó ella, clavando sus ojos en los de él.

El entorno empezó a desdibujarse. El ruido de las botellas, el olor a desinfectante y las risas estridentes se convirtieron en un murmullo blanco, un fondo desenfocado. En el centro, solo quedaban ellos dos, como dos rocas en medio de un río de lava.

—Flota la sospecha —dijo él bajando la voz— de que este encuentro no es una coincidencia, sino el orden del ser manifestándose en el peor escenario posible. Usted no vino a este bar. Usted vino a esta mesa.

Ella no parpadeó.

—Vine a ver qué queda de alguien cuando deja de pelear con su voluntad. Veo que queda… espacio.

—Espacio para qué?

—Para la verdad descontinuada. Esa que no se cuenta en las cenas de Navidad ni se firma ante un juez.

Se quedaron en silencio. El humo del cigarrillo de él se mezcló con el aire de ella. El bar seguía siendo un antro desagradable, pero para ellos, se había convertido en el único lugar sagrado en kilómetros a la redonda.

 

El hombre aplastó la colilla contra el fondo de un cenicero de cristal tallado, lleno de restos de otros que, como él, solo habían ido allí a consumir tiempo. La miró fijamente; sus ojos eran como pozos de agua estancada: tranquilos, pero peligrosos si intentabas beber de ellos.

—Usted habla de “espacio” —dijo él, con una voz que parecía venir de un sótano—. Pero el espacio es solo la distancia que ponemos entre nosotros y el dolor de existir. Yo no estoy aquí esperando que pase algo. Estoy aquí porque ya ocurrió todo, y el eco es lo único que soporto.

Ella entrelazó sus dedos sobre la mesa, ignorando una mancha de humedad que amenazaba con ensuciar su manga.

—El eco es para los cobardes —replicó ella, sin parpadear—. Usted se sienta aquí, “en masa”, como si fuera parte del mobiliario del desastre, para no tener que elegir. El matrimonio, el amor, la moral… dice que no existen, pero los usa como excusa para su parálisis. Yo he roto mi túnica, ¿sabe? No vine a buscar espacio. Vine a tener un espacio..

—¿El espacio? —Él soltó una risa seca, casi un carraspeo—. Aquí solo hay moho y desidia. El espacio es para los  que aún creen que sangrar tiene algún significado épico. A nuestra edad, la sangre es solo un antropólogo social.

—Se equivoca —ella se inclinó más, su rostro ahora a escasos centímetros del de él, desafiando el humo y el rancio aroma del bar—. A nuestra edad, sangrar es lo único que nos confirma que no somos de cartón piedra como ese neón de ahí fuera. Usted observa este “mundillo” con desprecio porque le aterra que alguien le devuelva la mirada y vea que debajo de ese abrigo oscuro no hay un filósofo, sino un hombre muerto de hambre… hambre de algo real.

Él se tensó. El aire entre ellos se volvió denso, casi sólido. El ruido del bar —los gritos, los vasos rompiéndose— desapareció por completo. Solo quedaba el pulso de sus respiraciones.

—Usted es peligrosa —murmuró él, y por primera vez, hubo una grieta en su máscara de indiferencia—. Viene aquí con su “verdad descontinuada” a remover los sedimentos de un pantano que ya estaba en calma. ¿Qué quiere? ¿Que confiese que el matrimonio fue un fraude? ¿Que el amor es una invención de la voluntad para perpetuar la especie? Ya lo sabemos. Lo sabemos de memoria.

—No quiero confesiones —dijo ella, con una calma gélida—. Quiero que deje de observar el mundillo y me observe a mí. Porque en este bar asqueroso, en esta noche olvidada por Dios, somos los únicos dos seres que han dejado de mentirse. Y eso, mi querido desconocido, es más íntimo que cualquier contrato que hayamos firmado antes.

Él volvió a encender un cigarrillo, pero esta vez sus manos no estaban del todo firmes.

—Entonces, ¿Qué hacemos con esta “intimidad de naufragio”? —preguntó él—. ¿Nos hundimos juntos o esperamos a que el bar cierre y volvamos a ser sombras?

Ella sonrió de una forma que no tenía nada de amable.

—El bar ya cerró para nosotros hace mucho tiempo. Ahora solo queda decidir si vamos a mirar el vacío… o si vamos a saltar en él mientras terminamos este cigarrillo.

El camarero, una sombra más entre las sombras, se movió con la inercia de un autómata. No hubo palabras, solo el sonido del cristal chocando contra la madera y el líquido ámbar cayendo con un peso metálico. El resto de las figuras se habían ido desvaneciendo; el borracho, las risas, el ruido… todo fue expulsado por la gravedad de lo que allí se gestaba. El bar no cerró; simplemente dejó de pertenecer al mundo exterior para convertirse en un templo de lo crudo.

Él sacó el paquete de tabaco, extrajo un cigarrillo con una lentitud casi litúrgica y se lo ofreció.

—Fume —dijo él, mientras acercaba la llama del encendedor—. Si vamos a descender a las profundidades, mejor que sea tras una cortina de humo.

Ella aceptó el cigarrillo. El fuego iluminó por un segundo sus rostros, marcando las líneas de expresión que el tiempo y las desilusiones habían tallado con saña. Ella aspiró con fuerza, retuvo el humo y luego lo soltó directamente hacia el centro de la mesa, donde los dos vasos de whisky esperaban como dos altares.

—El whisky para quemar la garganta y el humo para nublar la vista —dijo ella tras la primera calada—. Es el kit de supervivencia del alma desahuciada. Dígame, ahora que el mundo se ha detenido… ¿qué ve cuando se mira por dentro y no encuentra a nadie esperándolo?

Él tomó su vaso, lo hizo girar para que el hielo golpeara las paredes de cristal —un sonido solitario, frío— y bebió un trago largo, dejando que el ardor le recordara que aún tenía nervios.

—Veo una biblioteca quemada —respondió él, con los ojos fijos en el líquido—. Libros sobre el deber, sobre la lealtad, sobre el “para siempre”. Cenizas. Pero en el fondo, debajo de los escombros, veo una libertad que me aterra. Una libertad que no sirve para nada, porque no tiene objeto. Es como tener alas en un vacío absoluto.

Ella bebió también, sin apartar la vista de él. El alcohol pareció afilarle las palabras.

—Esa libertad es la que nos trajo aquí —sentenció ella—. Todos se aferran a sus cárceles porque el vacío es demasiado ruidoso. El matrimonio es un contrato de protección contra el silencio. Pero usted y yo… nosotros ya nos quedamos sordos de tanto silencio.

—Por eso se sentó aquí —dijo él, inclinándose, dejando que el aroma del whisky y el tabaco creara una atmósfera casi asfixiante—. Usted no buscaba compañía. Buscaba a otro náufrago que no intentara “salvarla”. Alguien que entendiera que el alma no es un jardín, sino una cantera de piedra fría.

—Exacto —asintió ella, dejando que una ceniza cayera al suelo sin importarle—. No quiero salvación. Quiero reconocimiento. Quiero saber que este cansancio de ser “alguien” no es solo mío. Que la farsa del amor y el orden es solo una capa de pintura sobre el caos que Pollock entendía tan bien.

Él la observó en silencio durante un minuto eterno. La grandeza del momento residía en la ausencia de máscaras. Eran dos madureces desnudas, bebiendo de la misma desesperanza con una elegancia trágica.

—Entonces beba —murmuró él, levantando ligeramente su vaso—. Beba por la vida descontinuada y por este bar que ha tenido la decencia de dejarnos solos con nuestra verdad.

 

 

 

 

 

 

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