LA RESPUESTA VOLVIO
Por Francis Berti
–Soy tu amigo judío y pobre, Quien te va a dar un té. Las respuestas vuelven y vuelven a no perder los mensajes de la devastación de ternuras El aire entre los dos no era aire, era el sedimento de seis inviernos acumulados en una cocina que olía a madera húmeda y a esa persistencia del que no tiene nada pero lo ofrece todo. La taza de té, desconchada en el borde, humeaba como una pequeña hoguera en medio de la estepa.
Él arrastró la silla, un sonido de madera seca contra el suelo de tierra apisonada que pareció un trueno en el silencio de los seis años de ausencia.
—Toma mi taza de té —repitió él, y sus manos, curtidas por un trabajo que no conoce de descansos, envolvieron el barro caliente como si fuera el último amuleto de la especie. —No has cambiado —susurraste tú, buscando en su rostro la geografía de la supervivencia. Él soltó una risa que era más bien un carraspeo, una vibración profunda que venía de los pulmones y de siglos de diáspora.
—Soy tu amigo judío y pobre. La pobreza tiene esa virtud: nos mantiene idénticos, nos ahorra las máscaras del éxito que tanto deforman las facciones. Aquí estoy, con la misma voz ronca que usé para despedirme y que ahora uso para decirte que las devastaciones no son finales. Bebiste el té. Sabía a tierra y a consuelo. Un sabor terreno, existencial, que te bajaba de golpe los pies al suelo mientras el abismo seguía rugiendo allá afuera.
—La devastación en gigante —continuó él, clavando sus ojos oscuros en los tuyos— es solo una ola. Pero no una ola que te ahoga, sino una que surfeas hasta esa orilla suave donde la ternura te espera para darte el mordisco final. Solo allí, en el sitio correcto de todas nuestras incorrecciones, puedes develar lo que realmente importa.— ¿Y qué sucedió? —le preguntaste, con la voz quebrada por la escala del desastre—. ¿Alguien te respondió en medio de ese abismo? ¿Lo comprendiste?
Él se levantó. Su abrigo era un mapa de remiendos, una armadura de hilos gastados. Te miró con una piedad que no pesaba, una piedad que elevaba.
—Alguien respondió —dijo, mientras se ajustaba el cuello de la chaqueta—. El silencio respondió. Y lo comprendí todo: que la devastación no es el enemigo, es el mensajero. Soy tu amigo judío y pobre, quien te dio el té cuando no tenías ni sed de vivir. Ahora me voy, porque los mensajes de la devastación de ternuras no esperan. Hay que morderlos antes de que se enfríen, antes de que el abismo se vuelva a cerrar y nos deje, otra vez, creyéndonos a salvo.
Se dio la vuelta, dejando tras de sí el calor residual de la taza y una verdad que pesaba más que la tierra: que solo los devastados pueden permitirse el lujo de ser infinitamente tiernos.