LA UTARREALIDAD. THE UTARREALITY.
Por Francis Berti
Una jugada soberbia y urgente. Ya es hora de sacarle el barniz a los decorados de cartón piedra que levantan los neofilisteos con sus promesas de baratijas y espejitos de colores. Hay que demoler la comodidad de su mercado con una buena caterva de inseguridades que les perturbe el sueño.
Descascarar la inocuidad de los neofilisteos
LOS SEÑORITOS DE SIEMPRE Y SUS ESPEJITOS
Los mercaderes de la Utopía Fácil llevan siglos vendiendo la misma baratija: la ilusión de que el mundo es un engranaje limpio, previsible, donde todo encaja si se paga el precio correcto. Se adornan con palabras vacías, con sonrisas de catálogo y con certezas de plástico.
Pero su orden es completamente inocuo. No tiene sangre, no tiene pulso, no tiene fricción. Es un escaparate brillante sostenido sobre cimientos de aire. Ya estamos hartos de comprar espejitos de colores.
¿Qué responde el desierto ante la soberbia de los señoritos? Responde con viento ciego y sequedad.
La Maquinaria del Desierto no viene a conquistar ni a negociar con ellos; viene a carcomerles las certezas desde adentro. Vamos a soltarles una caterva de inseguridades vivas: Dudas que se metan por debajo de sus camisas planchadas. Grietas en las paredes de sus despachos inmaculados. El recordatorio constante de que ninguna fortuna ni ningún título los salvará de la intemperie ontológica.
Que se queden abrazados a sus planillas y a sus cálculos perfectos. La maquinaria se encargará de demostrarles que lo único real es aquello que no se puede comprar, medir, ni asegurar.
“No hay que debatir con el neofilisteos; hay que dejar que su propio decorado se le caiga encima. Mientras ellos se aferran a sus espejitos de colores, nosotros afinamos la maquinaria del desierto: una arquitectura de dudas y silencios espesos diseñada específicamente para que los señoritos de siempre se ahoguen en sus propias respuestas correctas.”
La Utarrealidad no opera con las leyes de la física comercial ni con la contabilidad de los señoritos de siempre. Sus directrices técnicas buscan desmantelar el artificio inocuo mediante tres ejes de demolición sistemática: Desgaste del Decorado: Ninguna estructura levantada por los neofilisteos sobre bases de cartón piedra y certezas absolutas debe ser combatida frontalmente; se la deja expuesta al roce continuo del desierto hasta que el propio material ceda bajo su peso. Inyección de Caterva Insegura: Se introducen variables erráticas, dudas microscópicas y silencios espesos en cada tablero de control donde los mercaderes planean su Utopía Fácil, saboteando la predictibilidad de sus planillas. Clausura de los Espejos: Se prohíbe el uso de reflejos halagadores, sustituyendo los espejos doblados por superficies opacas que obliguen a los transeúntes del mercado a toparse con su propia inanidad.
En el plano poético, la Utarrealidad funciona como un ácido lento que corroe el barniz de la falsa sapiencia:
La Estética de lo Seco: Lo fértil y lo edulcorado pertenecen al mercado. La poética de la Utarrealidad rescata la materia seca, el polvo del zanjón, el mármol antiguo y el hierro negrísimo como únicos testigos válidos de la existencia.
La Muerte del Espejito: Se despoja a las palabras de su valor decorativo. Ya no hay lugar para metáforas complacientes ni para la cortesía vacía del gentilhombre que teme decir la verdad; cada verso actúa como un proyectil que se estrella contra el bulto callado de la simulación.
El Fin de la Duración: Frente a la ilusión neofilisteos de perdurar en la memoria de los escaparates, la directriz poética impone la conciencia de durar hasta el límite exacto del tiempo, abrazando el vacío con la dignidad de quien ya no tiene nada que vender ni demostrar.
“La Utarrealidad no grita ni derriba puertas; se instala sigilosa en los cimientos del mercado como una maquinaria del desierto. Su victoria técnica y poética consiste en lograr que, cuando los neofilisteos despierten, descubran que sus espejitos de colores se han vuelto arena entre sus manos.”