Ir al contenido

LAS PREGUNTAS SOBRE LA MIERDA. QUESTIONS ABOUT SHIT

LAS PREGUNTAS SOBRE LA MIERDA. QUESTIONS ABOUT SHIT

Por Francis Berti

¿Vivimos en la transmutación transgénica que nos desborda esa mierda del otro que no tendría que existir? Y si, lo hacemos. Por ellos, mis signos de “preguntas, reales y abstractas”.. Y alguien debe resolverlo o aquietar tanta mierda pegada a los zapatos lustrosos de ayer. La mierda del otro no es solo basura física; es el juicio no pedido, la proyección no resuelta, el síntoma no asumido y la neurosis ajena que nos salpica en la calle, en la palabra o en la pantalla. Y la trampa transgénica ocurre ahí: cuando permitimos que ese desecho ajeno altere nuestro propio código genético, mutando nuestra paz hasta volverla un ecosistema alterado que no nos pertenece. Es el bolsillo lleno de pregunta.  Pero bastaba dar diez pasos fuera de la puerta para que el suelo cobrara su peaje: la capa viscosa del ruido ajeno, las protestas masticadas en el colectivo, la agresión gratuita disfrazada de opinión, la pesadez de los que caminan sin saber hacia dónde. Esa era la mierda transgénica. No venía de la tierra; venía de la incubadora del malestar de los demás, un residuo que no tendría por qué existir en su espacio personal, pero que de pronto se pegaba a las suelas y amenazaba con entrar a la casa. Había dos tipos de preguntas en su inventario. Las difusas —esas formas somnolientas que flotan como humo y que solo sirven para aletargar el hacer— y las otras: las preguntas reales y abstractas, filosas como anzuelos. Las primeras eran la trampa del paradigma, ese “saber” heredado que te exige respuestas veloces para mantenerte ocupado, respondiendo a cuestionarios que nunca formulaste. Las preguntas reales, en cambio, no buscaban responder al paradigma. Buscaban romperlo. —Alguien tiene que aquietarlo —murmuró para sí. No se trataba de limpiar el mundo; eso era una utopía de inocentes. Se trataba de un acto de alquimia inversa: negarse a procesar la basura del otro en el propio estómago. Agarró la raspadura pegada al zapato, la miró sin asco y sin miedo, y la convirtió en el combustible para su propia duda. Los bolsillos seguían llenos de signos de interrogación. Y por primera vez en el día, el aire volvió a entrar limpio. Aquietar la mierda no es resolverla con argumentos, es desarmar su poder negándonos a ser su contenedor.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *