(SEGUNDA PARTE) TODOS QUEREMOS TENER UN CLAVO. DO THEY WANT TO BE A NAIL?
Por Francis Berti
El alquimista arroja al fuego libre un puñado de azufre y corteza amarga. Las llamas se vuelven azules, densas, cortando el aire con la frialdad de un bisturí. Quienes quisieron ver en el clavo una “solución” higiénica o un bálsamo psicoanalítico no entendieron nada; lo redujeron a un analgésico para el rebaño. Aquí retomo el trazo de ayer, destrozando la ilusión del consuelo para adentrarnos en lo que verdaderamente deviene desde nuestra perspectiva: entre lo fatídico y lo horrible.
Crónica de la fijeza horrorosa y el devenir fatídico del clavo
“…El clavo lacaniano es el sinthome, el nudo que amarra la locura de nuestra existencia para que no nos disolvamos en la nada sumada. Pero que no se confundan los tibios: el clavo no es una cura, no es una salida elegante ni una solución feliz. Quienes lo leen así pretenden domesticar el abismo. Desde nuestra perspectiva, lo que deviene tras el punto de fijación es el territorio de lo fatídico y lo horrible. El clavo es un hierro oxidado que atraviesa la carne del ser; tenerlo significa aceptar la fijeza de una condena. Lo horrible sucede cuando nos damos cuenta de que ese ‘pequeño ser a nuestro lado’, ese objeto que nos sostiene, nos devora al mismo tiempo que nos amarra. No hay paz en el síntoma, hay fijeza. Lo fatídico es el peso de saber que elegimos ese dolor punzante porque la alternativa es la disolución absoluta en la miseria de los otros. El devenir no es un alivio terapéutico; es la aceptación descarnada de que vivir con los ojos abiertos implica sostener la estructura mientras el hierro nos rasga por dentro. El testigo no busca salvarse de la herida; sabe que la herida es el único suelo firme que le queda.” Desmantelada la falsa solución, queda la verdad desnuda: el clavo sostiene, pero sostiene sangrando.