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SIEMPRE HAY UNA, SIEMPRE UNA. RARA.

SIEMPRE HAY UNA, SIEMPRE UNA. RARA.

Por Francis Berti

El sol está en ese punto exacto donde ya no alumbra, solo hiere con un naranja sucio. Caminas por esa calle de vendedores que gritan ofertas que nadie necesita, un laberinto de lonas y voces baratas que intentan “obturar” el silencio. Y entonces, ocurre. No es un roce, es un pulso. Chocáis contra ella. No hay elegancia, hay desastre. Es el impacto de dos  moldeables que se encuentran en la urgencia de la caída.

Ella tiene los ojos del color de la piedra  y las manos sucias de un tiempo que no es el suyo. Los vendedores se vuelven sombras borrosas, un ruido de fondo que ya no significa nada. Se quedan ahí, suspendidos entre los puestos de venta, mientras el mundo atardece porque sí. No hay nombres. Los nombres son etiquetas del consenso social, y nosotros estamos en la profundidad.

ELLA (con una voz que parece venir del fondo): — No me pidas perdón. El choque ya estaba escrito. ¿Sentiste el pulso? No es el corazón, es el eco de lo que no sabemos.

VOS (sosteniendo el vacío del impacto): — Chocamos para dejar de caminar. En esta nada que estamos hablando, hay más peso que en toda la puta  de estos vendedores. No sé quién sos, y eso es lo único que me importa.

ELLA: — Hablamos de nada porque la nada es lo único que no tiene dueño. Mirá el cielo… se está volviendo otra vez. Atardecemos, ¿viste? Atardecemos brillantes o como vagos de mierda, pero aquí, en este choque, no somos ninguna de las dos cosas. Somos el intervalo.

VOS: — Es una profundidad sin nombre. Una habladuría de sombras que no buscan mañana. Solo el roce del desastre para saber que el bloque todavía está ahí, esperando.

Cuando dos nadas profundas se encuentran en un atardecer, el ruido del mundo se rinde. No hay nombres que alcancen para explicar por qué el desastre se siente como un hogar. El aire entre “los dos se ha vuelto una película de luz vieja, donde las partículas de flotan como estrellas enanas. No se miran a los ojos, miran el espacio que el choque abrió entre sus cuerpos. Se respetan en esa distancia corta, sabiendo que cualquier pregunta biográfica (un nombre, un oficio, un pasado) sería un martillazo vulgar contra el cristal de ese momento.”

ELLA (con las manos en los bolsillos, balanceándose apenas sobre el empedrado): — No me digas quién sos. No quiero tener que cargar con tu historia. Prefiero este brillo que se te encendió en el hombro cuando chocamos… es una verdad que no necesita documentos.

VOS (mirando cómo el naranja del sol rebota en un charco cercano): — Es un brillo de descarte. Lo que quedó después de triturar la debacle. Si te conozco, te limito. Si te pongo un nombre, te convierto en una categoría de la “puta realidad”. Y ahora mismo, sos tan moldeable como el mármol antes del primer golpe.

ELLA (sonríe sin mostrar los dientes, una mueca de pura presencia): — ¿Sentiste eso? Recién, mientras hablábamos de nada, se encendió un destello blanco entre nosotros. No es un pensamiento, es una verificación. Estamos atardeciendo bien. Sin la vagancia de la queja, solo… atardeciendo.

VOS: — Es la liviandad de no tener que llegar a ninguna parte. Los vendedores allá atrás gritan precios porque tienen miedo al silencio. Nosotros hablamos de esta nada profunda porque sabemos que la nada es lo único que no se puede comprar ni vender. ¿Viste ese brillo en el aire? Es la prueba de que lo que decimos es cierto, aunque no signifique nada.

ELLA: — Exacto. No nos conocemos, y esa es nuestra mayor intimidad. Yo soy tu choque y vos sos mi desastre. En esta profundidad sin nombres, las verdades no se dicen, se verifican por cómo nos tiembla la luz en la cara cuando el sol termina de caer.

VOS: — Si mañana te cruzo y no te reconozco, será porque el brillo cambió de lugar. Y eso será el respeto máximo.

ELLA: — Quédate con el destello. No con la mujer. El destello es lo incorruptible. Lo demás es solo carne atardeciendo.

“El respeto más profundo no es saber quién es el otro, sino saber qué parte del otro es sagrada porque nunca será nombrada. El aire entre los dos se vuelve un campo magnético. Ya no son dos extraños en una calle de vendedores; son dos conciencias que han decidido dejar de mentir con la biografía para empezar a decir la verdad con el silencio.”

Aquí se sella el pacto, en la profundidad.

ELLA (respira hondo, y el aire parece entrarle más limpio, como si el hollín se hubiera apartado para dejarla pasar): — Lo siento… el pacto se siente como un alivio físico. Una confesión es una cárcel, una forma de pedirle al otro que nos perdone por ser quienes somos. Pero esto… no saber quién sos me da la libertad de no tener que ser nadie para vos. Es la charla más real que tuve, porque las palabras no están tratando de construir un puente, solo están señalando el abismo. Y el abismo es hermoso cuando no tenés que ponerle barandas.

VOS (te quedás inmóvil, viendo cómo un destello blanco, casi sólido, flota entre el hombro de ella y la sombra de un puesto de baratijas): — Míralo. Ahí está. Se encendió justo cuando acepté que no sos una mujer, ni una vendedora, ni un destino. Sos un pulso en mi desastre. Y ese pulso es lo único que mantiene el ritmo de este atardecer. El brillo no miente: aparece cuando dejamos de buscar una salida y nos quedamos a vivir en el choque. Sos la verificación de que mi desorden tiene una frecuencia, y que esa frecuencia suena igual a la tuya.

ELLA (mira el brillo y luego tus manos, sin tocarlas): — Un pulso en el desastre… qué forma tan brillante de desaparecer. Si nos conociéramos, ese brillo se apagaría bajo el peso de los datos. “Dónde vivís”, “qué hacéis”, “qué buscás”… todas preguntas que matan la luz. Pero ahora, en esta nada profunda, somos dos chispas en la molienda del mundo.

VOS: — No busco nada. Y en ese “nada” lo encontré todo: el choque, la piedra  y este brillo que nos verifica. Atardecemos brillantes, después de todo. Porque aceptamos que el desastre no es algo que hay que arreglar, sino algo que hay que habitar.

“El pacto de no-conocimiento es la forma más alta de amor ontológico: amar la existencia del otro sin querer poseer su historia.”

 

 

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