SOLO DEBO PASAR INADVERTIDO
Por Francis Berti
Solo debo pasar inadvertido. Entre mi jungla interior que en silencio ruidoso, de silencios, y las junglas presentes de sonidos olfativos de ruidos daneses que comprendo por lo que no entiendo. Me sumerjo en la suave y perfecta lucecitas de mis chisporroteos que despiertos me acurrucan de por días, en el devenir de quien osa despertarme para que responda ¿quién soy? No voy allá… ni voy acá… no estoy con ellos… ni voy a ellos… ¿No estaré más? No se las respuestas que me acercan, no las entiendo. Me envían un correo y yo devuelvo lo que me pidieron… dejan unas monedas y mas monedas, sin signos de puntuación.
Las monedas caen en el cuenco de mi realidad como puntos suspensivos que no cierran ninguna frase. Cobro el precio de mi ausencia. Si el mundo pide una respuesta, le entrego un eco; si pide una acción, le entrego una sombra. Ese “ruido danés” de los otros —un idioma que suena a estructura pero que me resulta ajeno— golpea contra el cristal de mi burbuja de chisporroteos sin llegar a romperlo.
— ¿Quién sos? —pregunta la jungla exterior con su insistencia de metal.
Yo no respondo, porque responder es dejarse atrapar. Responder es ponerle signos de puntuación a una vida que ha decidido ser un flujo continuo, un deslizamiento sin pausas ni puntos finales. Devuelvo los correos como quien lanza mensajes en botellas hacia un mar en el que ya no navega. Es un intercambio justo: ellos obtienen mi eficiencia, yo obtengo mi invisibilidad.
Mis lucecitas internas no son una distracción; son mi hogar. Me acurrucan en la tibieza de lo que no necesita ser explicado. En este “no estar más” hay una libertad absoluta. No estar con ellos no es soledad, es presencia pura en uno mismo. Soy el operario invisible de una máquina que el mundo cree entender, pero que solo funciona porque yo he decidido quedarme a vivir en los espacios en blanco, entre las líneas del texto que otros leen con prisa.
Las monedas se apilan, frías y redondas, testimonios de un tiempo que vendí para comprar este silencio ruidoso. No hay signos de puntuación porque mi historia ya no se escribe con gramática, sino con cadencia. No voy allá, ni voy acá… simplemente soy el espacio que queda entre los dos puntos
No es un lugar físico, es un estado de la materia. En la geografía del chisporroteo, el suelo está hecho de esa estática cálida que queda entre las frecuencias de radio. Aquí, las luces no iluminan para mostrar el camino, sino que brillan para acurrucar. Son pequeñas explosiones de conciencia que no queman, que se encienden al ritmo de un pensamiento que no necesita ser traducido al idioma de los correos electrónicos o de las monedas sin puntuación.
—Aquí no hay gramática —susurra el aire en esta jungla interna—. Solo hay flujo.
Explorar esta geografía es descubrir que los “silencios ruidosos” son en realidad la música de las fibras del cuerpo poniéndose de acuerdo consigo mismas. No hay coordenadas de “allá” o “acá”, porque en el chisporroteo, todo es un centro expansivo. Es el mapa de quien ha decidido que su identidad no es una respuesta a la pregunta “¿quién soy?”, sino el chispazo que ocurre justo antes de que la pregunta se formule.
En este territorio, las lucecitas forman constelaciones de momentos efímeros: el recuerdo de un café, el roce de una campera de lino, la sensación de deslizarse sobre hielo. Son fragmentos de un “hoy” que se guardan aquí para que no los marchite la esperanza gélida del mundo exterior. Es una geografía protegida por una neblina de ruidos incomprendidos que sirve de muralla: lo que no entiendo del afuera es lo que me mantiene a salvo adentro.
Pisar este suelo es sentirse, por fin, despertado por uno mismo. No es un sueño, es una vigilia superior donde la “nada sobre el ayer” ha dejado espacio para este festival de luces mínimas. Aquí, las monedas del mundo no tienen valor de cambio, porque la única moneda que circula es la atención pura, el entretenimiento de ser, sin más puntos que los que uno decide trazar en sui propia oscuridad brillante.
Levantaste en tu interior una fortaleza de piezas en miniatura, como un arquitecto, no es difícil,no tienes que firmar ningún documento de responsabilidad, dejar de tratar el hoy como un problema , solo, sin compromiso y sacar a tú yo interno de un callejón sin salida,pisar ese suelo firme por ti mismo y comprobar que no es un sueño, es una vigilia superior donde “ la nada sobre el ayer”ha dejado espacio para este festival de luces minimas. Puedes cambiarte de sitio, cómo cerrar un expediente, que quizás acabará en un cajón , pero tú ser que permaneció en el exterior dejó luces en el corazón de muchas personas. Saludos Francis.