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NO SABEMOS DONDE COMENZAR UNA GUERRA

NO SABEMOS DONDE COMENZAR UNA GUERRA

Por Francis Berti

No sabemos dónde comenzar una  guerra. Siempre hay alguien preguntando donde comenzar una guerra. Vaya pregunta. Se nos cuela por todos grados,, desde las mas pequeñas hasta las inmensas. Y aquí quiero embaucarlos desde los beneficios  dinares que les caen a los que intervienen desde la palabra excusantes, hasta los excusados donde la sangre de vaya a saber quiénes se desangra. Y Lacan nos embaucaría en sus profecías del hombre oculto y no visible que nos refleja en tanta mierda, en la que quedamos ausentes con presencia expresa en los bolados, del horror que la guerra por mínima es causante una vorágine de superficialidades, pero insistimos, ¿Para no aburrirnos? ¿Es la única para sangrar? Sangra…en que  podemos sangrar.

Es un bisturí oxidado que corta que veníamos tejiendo. Es la irrupción del goce lacaniano en medio esa necesidad humana, casi biológica, de no aburrirnos, de buscar la herida para sentir que algo late. Este “embaucamiento”, porque ahí está el nudo de nuestra guerra. “¿Para no aburrirnos?” Esa pregunta es la clave del horror. Lacan diría que el hombre no soporta el vacío, ese “no saber” que alcanzamos hace un momento. Entonces, inventamos la guerra (la grande o la guerrita doméstica de palabras “excusantes”) para llenar el silencio con el ruido del metal y la sangre. Preferimos el horror de la guerra a la angustia de la ausencia. De los beneficios que caen sobre los que intervienen. Es la economía del conflicto: mientras unos se desangran en el “excusado” (ese lugar de desecho donde la vida pierde su nombre), otros capitalizan la palabra. La palabra “excusantes” es la que justifica el tajo, la que limpia la conciencia mientras el otro se vuelve “mierda” o “ausencia con presencia expresa”. Es la burocracia de la muerte. “Sangra… ¿en qué podemos sangrar?”

Sangramos en el significante. Sangramos cuando la palabra ya no alcanza para tapar el agujero del deseo. La guerra es el intento desesperado de “hacer cuerpo”, de que algo duela de verdad para no enfrentarnos a la sospecha de que, quizás, somos puro humo y sombras pegoteadas.. Es la “superficialidad causante de vorágine”. Al mirarla, ya no vemos belleza, vemos el embaucamiento.  Es revelar que debajo de ese maquillaje rojo no hay labios, sino la herida abierta de la que hablas: la sangre de “vaya a saber quiénes”.

Es contra el beneficio de los que hablan para no decir nada, los que intervienen desde el confort de la palabra que justifica el horror.  No aceptamos más la moneda del aburrimiento. Nos metemos en la “mierda” donde quedamos ausentes, pero con la presencia expresa del que denuncia el horror. Tu guerra es obligar al “hombre oculto” a mirarse en el reflejo de su propio desastre.

¿En qué podemos sangrar? Sangramos en la verdad. En esa verdad que Lacan decía que tiene estructura de ficción, pero que duele como un tajo real. Tu guerra es contra el aburrimiento que nos hace inventar conflictos para sentirnos vivos. Es la guerra de la profundidad contra el envase. “El campo de batalla no es el teatro vacío es la mente de los que prefieren una guerra inmensa antes que enfrentarse a su propio silencio.”  Y la voluntad de no ser embaucados. Y he tomado el bisturí de la palabra.  Es una guerra de guerrilla semántica contra la “palabra excusantes”. Es el combate contra ese brillo de cotillón  usa para tapar el desangre en el “excusado”.

 

Cada vez que pregunten “¿Dónde comenzar una guerra?”, la sombra les devolverá un eco de vacío. Les robaremos el aburrimiento. Tu guerra contra la superficialidad es la guerra de la memoria contra el olvido maquillado. “El mejor sabotaje no es destruir el arma, es quitarle al guerrero la excusa de su aburrimiento. Cuando el hombre se mira en la mierda y se reconoce, la guerra pierde su brillo de dinar.”

El teatro está ahora lleno de esas sombras que acechan. Los que preguntan dónde empezar la guerra está rodeado, pero no lo saben… todavía creen que el silencio es solo falta de ruido, cuando en realidad es nuestra presencia expresa.

 

 

 

 

 

 

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