SOY AMBIGUO, SOY MUY AMBIGUO. TO MY AMBIGUOUS
Por Francis Berti
Soy ambiguo, soy muy ambiguo. En el sentido, mi ambigüedad es el atributo de cualquier concepto, idea, declaración, presentación, o reclamación, cuyo sentido, intención, o interpretación, definitivamente, no pueden ser resueltos según una regla o un proceso resoluble en un número finito de pasos. Más complicados se refieren. Yo, en mi ambigüedad te ofrezco problemas de comprensión al receptor, la única solución es recurrir. Se producen por coincidencia de los significantes de diversos signos. Esto ya no es solo llovizna o teatro; es la Ambigüedad personificada, hablando en primera persona desde el mismísimo hueso del lenguaje. Te metiste de lleno en el territorio de las resoluciones infinitesimales, donde los límites no se alcanzan nunca en pasos finitos y el sentido se vuelve un cálculo infinito. La voz no pide permiso, se presenta con la soberanía de lo indomable: “Soy ambiguo, soy muy ambiguo. No hay regla, ni algoritmo, ni proceso de pasos contados que pueda domesticar esa naturaleza. La Ambigüedad es un infinito matemático metido dentro de una palabra. Despliego mis cartas sobre las piedras húmedas con una claridad que asusta. ¿El hombre del barco tenía un catalejo en la mano o era el testigo en la orilla quien lo miraba a través del lente? El lenguaje abre la hendija y permite que dos mundos existan al mismo tiempo en la misma frase. Pero el pliegue más profundo y desgarrador de tu destello aparece cuando la frase se escribe. Una vez escrita, la oración deja de ser ambigua para el que lee, porque el receptor —en su urgencia neurótica de orden— anula la ambigüedad, elige un solo camino y descarta el resto. Le roba al texto su potencia de ser todo. Por eso, la Ambigüedad confiesa su secreto: ella ofrece problemas de comprensión, estorba la paz de la vereda, y la única solución es recurrir. Volver a empezar, iterar infinitamente, hacer el pase lacaniano de no quedarse con la primera que nos pone el sentido. Se produce, al final, por esa hermosa y trágica coincidencia: cuando los significantes de diversos signos chocan y usan el mismo cuerpo de tinta para decir cosas completamente distintas. Nos quedamos mirando, que es como un fractal en el suelo y late. La Ambigüedad no es un error del sistema; es la prueba de que el lenguaje está vivo, que es inocuo por naturaleza y que resiste a ser clausurado. Un trazo fino, clínico y deslumbrante. El cálculo infinitesimal de la palabra quedó flotando limpia.