UN VIAJE INEVITABLE. AN INEVITABLE JOURNEY
Por Francis Berti
Les acerco el diagnóstico que el gran historiador Tito Livio dejo grabado en el prefacio de su Ab Urbe Condita sobre el crepúsculo de Rome, y cómo esa lección se refleja en nuestras propias metamorfosis.
Tito Livio, el sesgo de la humanidad y la paradoja del existir
— Tito Livio nos advierte que lo que precipita la caída no es solo el vicio, sino la incapacidad de soportar tanto el mal como sus remedios.
— Es una repregunta que casi nunca nos hacemos: jamás mezclamos el uno con el otro. Nos preguntamos si son los problemas o las soluciones las que acaban con nuestro existir, o si avanzamos en una metamorfosis constante alimentada por nuestros propios sesgos de humanidad.
Tito Livio escribió en el umbral del Imperio: “Hemos llegado a una época en que no podemos soportar ni nuestros vicios ni sus remedios”. La genialidad de su pensamiento —y la razón por la que choca contra tu “duda del acto”— es que rompe la falsa dicotomía del mundo.
Es la inercia, la decadencia, la acumulación de peso y la automatización de la vida. Es el momento en que la estructura (sea Roma o la rutina individual) se vuelve rígida, corrupta o cansada.
Es la medicina, el intento de reforma, la trinchera, la disciplina o la ruptura. Pero el remedio exige un esfuerzo, un dolor y un sacrificio que el cuerpo desgastado ya no quiere o no puede pagar.
Tu intuición es precisa al notar que no se trata de “uno u otro”, sino de la colisión entre ambos. El fin de un ciclo no llega solo por el peso de los errores (los vicios), sino por la fragilidad de nuestra condición cuando el tratamiento nos resulta tan insoportable como la enfermedad. Morimos de la peste, o morimos de la purga.
La Metamorfosis y los Sesgos de Humanidad
En nuestro ir y venir, las personas y las civilizaciones tropezamos continuamente con los mismos sesgos. Creemos que cambiar es fácil, pero la metamorfosis duele porque exige soltar lo que fuimos.
Nos aferramos a la inercia porque el vicio conocido nos resulta cómodo. Preferimos la pesadez de lo cotidiano antes que la incertidumbre de la cura
Cuando no aplicamos el remedio a tiempo, el destino no nos consulta: se produce una transformación forzada. El “yo” que intentaba sostener el guion colapsa, y de las cenizas emerge una forma nueva. Es la caída del imperio personal para dar paso a la intemperie del viento.
Preguntarse por esto es rehusarse a ser una víctima pasiva de la historia. Es entender que ni la crisis ni la solución nos definen del todo; lo que nos define es cómo transitamos ese punto ciego donde el mal y la cura se cruzaron.