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TEATRO EN UN SOLO ACTO (OBRA 21) DRAMATURGIA

TEATRO EN UN SOLO ACTO (OBRA 21)

LA DUDA Y LA CERTEZA

Obra teatral en un solo acto

Por Francis Berti

PERSONAJES

  • LA CERTEZA: Imponente, inmóvil. Viste una túnica pesada de color azul noche, de cortes rígidos y simétricos. Su voz es grave, cadenciosa y firme; no parpadea ni duda de sus apoyos. Habita el centro exacto del espacio.

 

  • LA DUDA: Ágil, impredecible, desgastada. Viste capas livianas en tonos ceniza y lavanda, con el rostro levemente manchado de pigmento azulino. Sus movimientos son felinos y vacilantes. Habita la periferia, los rincones y las fisuras.

ESCENARIO

Un espacio escénico despojado pero de fuerte presencia simbólica. En el centro exacto, una gran silla de hierro forjado iluminada por un cenital de luz blanca e implacable. El suelo, de madera oscura y agrietada, cruje perceptiblemente con cada paso.

A la derecha, dispersas en el suelo, hay decenas de brújulas con las agujas sueltas y espejos astillados. Al fondo, un marco de puerta monumental, antiguo y solitario, que no conduce a ninguna pared: detrás solo hay una penumbra densa e insondable.

ACTO ÚNICO

(Al abrir la escena, el silencio es absoluto. LA CERTEZA está sentada en la silla de hierro, con las manos apoyadas en los brazos del asiento, erguida como una estatua prehistórica. LA DUDA está en el suelo, cerca del marco de la puerta, examinando una piedra suelta con la yema de los dedos.)

LA CERTEZA: (Sin girar la cabeza, con voz profunda que retumba en las paredes) El suelo es firme. Siempre lo ha sido. La piedra sobre la que te arrastras no es más que la prueba de que el mundo descansa sobre cimientos inamovibles.

LA DUDA: (Sonríe sin mirar a la Certeza, acariciando la piedra) ¿Firme? Siento una pulsación debajo, un temblor antiguo. Esta piedra no descansa, Certeza… solo espera a que alguien la empuje para recordar que solía volar. (Lanza la piedra suavemente; esta rueda con un sonido hueco). Escucha. El suelo no es una verdad; es una tregua.

LA CERTEZA: Las treguas las firman los débiles. Yo no negocio con el vacío. Sé exactamente cuántos pasos hay desde esta silla hasta el límite del escenario. Sé cuándo amanece y cuándo la sombra devora la madera. No necesito mirar alrededor: el orden ya está escrito.

LA DUDA: (Se pone de pie de un salto ágil, acercándose en círculos alrededor del trono) ¿Escrito por quién? ¿Por la mano que sostuvo la pluma o por el viento que borrará la tinta? Te observo ahí, entronizada en tu trono de hierro… tan majestuosa, tan invulnerable. Pero dime, mi soberana de granito… si das un solo paso fuera de tu círculo blanco, ¿seguirás siendo todo lo que dices ser?

LA CERTEZA: No necesito moverme. El centro me pertenece. La verdad no camina; espera.

LA DUDA: (Con ironía punzante, susurrando cerca del oído de la Certeza) La verdad se aburre, querida. La verdad se muerde las uñas mientras tú duermes. (Se inclina y recoge una brújula del suelo, haciéndola girar en el aire). Mira esto. Dices que el norte está allá. Pero si giro la aguja con la fuerza de un suspiro… ¿hacia dónde apunta la providencia?

LA CERTEZA: (Gira por primera vez la cabeza hacia la Duda, con mirada helada) Apunta a un instrumento roto. Confundes el error de la herramienta con la ausencia del rumbo. El norte no desaparece porque rompas el cristal.

LA DUDA: (Carcajada breve, cristalina) ¡Ah, pero qué consuelo tan elegante! Si el mapa no coincide con la montaña, quememos la montaña. (Se sienta en el suelo, abrazando sus rodillas). Dime una cosa… cuando la noche cae sobre este teatro y el público se retira sin haber entendido el final, ¿qué te queda cuando la luz cenital se apaga?

LA CERTEZA: (Solemne) Me queda la causa. El axioma. El hecho irrefutable de que existo antes y después del aplauso.

LA DUDA: ¿Y si la causa no fuera más que un malentendido? ¿Y si fuiste creada solo para que yo tuviera algo contra lo cual estrellarme?

LA CERTEZA: (Se pone de pie lentamente. Su presencia llena el escenario. La luz cenital parece ensancharse con ella). Si yo no estuviera aquí, tú serías polvo. Un murmullo sin eco, una sombra que vaga sin muro donde proyectarse. Me necesitas. Necesitas mi rigidez para poder quebrarte; necesitas mi respuesta para construir tu infinita y miserable pregunta.

LA DUDA: (Se levanta despacio, fascinada y sobrecogida por la magnitud de la Certeza) Tal vez… Tal vez tengas razón. Pero admitir eso sería mi muerte, y mi oficio es seguir con vida.

(LA DUDA camina hacia el gran marco de puerta al fondo del escenario. Se detiene justo en el umbral, mirando hacia la nada negra).

LA DUDA: Mírame, Certeza. Estoy en el borde. Detrás de esta puerta no hay guion, no hay acotaciones, no hay luz de proscenio. ¿Qué hay detrás?

LA CERTEZA: (Dando un paso firme hacia adelante, rompiendo por primera vez la inmovilidad de su centro) Nada. El vacío. La nada no se habita.

LA DUDA: (Girándose con una sonrisa deslumbrante y enigmática) ¿O tal vez un comienzo? ¿Y si lo que llamas nada es simplemente todo lo que aún no te has atrevido a nombrar?

(LA DUDA extiende una mano hacia el vacío y, por un instante, el sonido de un viento profundo y musical inunda el teatro. LA CERTEZA da otro paso, deteniéndose justo en el límite de la luz).

LA CERTEZA: (Con una grieta casi imperceptible en la voz) No cruces.

LA DUDA: ¿Es una orden o un ruego?

LA CERTEZA: Es… una advertencia. Si cruzas, no sabré dónde estás.

LA DUDA: (Con ternura inesperada) Por primera vez en la eternidad, Certeza… has dicho «no sé».

(LA DUDA retrocede un paso dentro del marco oscuro, desapareciendo casi por completo en la penumbra. LA CERTEZA permanece en pie, en el centro del escenario iluminado, mirando fijamente la puerta abierta).

(El suelo cruje una última vez. La luz cenital parpadea.)

De cómo el pensamiento vacila mientras la ignorancia construye fortalezas

EPILOGO: EL ABISMO ENTRE EL MATIZ Y EL GRITO

Hay una tragedia silenciosa en la historia de la conciencia humana: el entendimiento pule las aristas del mundo hasta descubrir que nada es completamente sólido, mientras que la necedad toma un solo ladrillo y proclama haber levantado una catedral.

Cuando el pensamiento alcanza cierta finura, deja de ver verdades monolíticas para empezar a ver entramados. Y en el entramado, la duda no es cobardía ni falta de carácter: es el respeto sagrado por la complejidad de lo real. La estupidez, por el contrario, no tolera el matiz; le produce vértigo la penumbra. Por eso necesita la certeza como el ciego necesita un bastón de hierro: no para contemplar el paisaje, sino para no caerse.

 LA MÁQUINA DE LA CERTEZA

El estúpido y su martillo La certeza de la ignorancia es invulnerable porque no necesita pruebas; le basta con la vehemencia. Para quien no duda jamás, el universo es un escenario ridículamente sencillo: Todo problema tiene un culpable evidente. Todo dilema tiene una solución de una sola frase. Todo el que piensa distinto es un enemigo o un insensato. El estúpido habita una fortaleza sin ventanas. Cierra las puertas a la pregunta porque intuye, en lo más hondo de su estructura vacía, que una sola objeción bien formulada haría derrumbar el techo sobre su cabeza. Su certeza no es fortaleza de espíritu; es pánico al vacío. Necesita afirmativas rotundas, dogmas indudables y aplausos unánimes para no escuchar el silencio de su propia inconsistencia.

 LA ARQUITECTURA DE LA DUDA

El inteligente y su laberinto Escribir sobre la duda desde la inteligencia es un ejercicio de honestidad radical. El que comprende de verdad sabe que cada respuesta abre tres interrogantes nuevos, que cada causa es hija de mil azares y que la verdad casi nunca viste de uniforme. El pensamiento lúcido no camina sobre el firme hormigón de los dogmas, sino sobre la cuerda floja de las hipótesis: La sospecha de los propios límites: El sabio duda, antes que nada, de sus propios sesgos. Sabe que la mente humana es un instrumento propenso al autoengaño. La reverencia por el misterio: Aceptar que el mundo excede con frecuencia nuestra capacidad de categorizarlo. El peso del matiz: Entender que en la hendidura entre el «sí» y el «no» habita casi todo lo que vale la pena ser vivido y comprendido. La duda ilustrada no paraliza la acción; la santifica. Actuar sabiendo que se puede estar equivocado exige una valentía infinitamente superior a la del fanático que avanza a ciegas convencido de que los astros marchan a su favor.

El gran peligro de las épocas oscuras es la asimetría del volumen: los que dudan susurran porque conocen la fragilidad del saber; los que ignoran gritan porque desconocen el tamaño de su propia ceguera. TELON.

 

1 pensamiento en “TEATRO EN UN SOLO ACTO (OBRA 21) DRAMATURGIA”

  1. Guadalupe Elvira Blanco

    El pensamiento vacila mientras la ignorancia construye fortalezas, la duda se hace presente,la certeza elige una decisión pendiente,en muchas ocasiones se necesita afrontar para avanzar nos proporciona mayor fortaleza.El cerebro busca evitar aquello que anticipe como difícil o doloroso, porque así obtiene alivio inmediato.Los que dudan susurran porque conocen
    La fragilidad del saber, los que ignoran gritan porque conocen el tamaño de su propia ceguera. Excelente representación de la duda y la certeza .Gracias

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