(ULTIMA PARTE) LA SEGUNDA VIDA: EL DESPERTAR EN LA GRIETA. THE SECOND LIFE: AWAKENING IN THE CRACK.
Por Francis Berti
EL DESPRENDIMIENTO
Eran las 3:14 de la madrugada. El reloj digital sobre la mesa de luz proyectaba un número rojo y plano en el techo, la única certeza en la habitación. El no estaba despierto; estaba eyectado de la realidad. Cinco minutos antes, se había levantado a tomar agua. Al pasar frente al espejo del pasillo, un acto mecánico que había realizado miles de veces, algo no encajó. No fue un ruido, ni un movimiento extraño. Fue una pausa en el reconocimiento. Vio la imagen que pacientemente había construido, recorte a recorte, pegando con prolijidad el deseo ajeno sobre su propia piel hasta creer que ese collage era él.
Y entonces, sucedió. Un ruido seco, inaudible para cualquiera que no fuera él, sonó en el centro de su pecho. Como el chasquido de un glaciar antes de parir un iceberg.
La grieta se abrió.
No fue un pensamiento lógico, fue una sensación física de desprendimiento. El pegamento se secó instantáneamente y el primer recorte cayó. Era el recorte del «hijo ejemplar». El vio cómo esa etiqueta se deslizaba por el espejo y caía al suelo. Y detrás de ella, la máscara entera empezó a descascararse. Se sostuvo de la pared. El aire se volvió denso, viejo. Le pareció oler a cera quemada, un aroma que no pertenecía a esa casa moderna y aséptica. Era el olor del destiempo, de las décadas que había pasado actuando una obra que no había escrito.
El hombre en el espejo empezó a difuminarse. Ya no era una totalidad sólida, sino un mapa de zurcidos y remiendos de genios y expectativas rotas. El sintió vértigo ante ese vacío que la farsa ya no podía tapar. Cayeron los años de fingir interés en las reuniones, cayeron las sonrisas ensayadas para la foto familiar, cayó la ilusión de tener un guion que seguir.
Estaba desnudo frente a su propia falta de ser.
En ese rincón reducido por la penumbra de la madrugada. El entendió que la comodidad de su primera vida era una forma de anestesia. Y el síntoma —ese dolor agudo en la boca del estómago, ese sudor frío, ese terror puro— era la única cosa honesta que le quedaba. El síntoma era la linterna que iluminaba la falla en la estructura. Se llevó una mano al rostro, no para limpiárselo, sino para verificar si su piel seguía ahí. No lo estaba. El rastro de la farsa se había borrado. El personaje había muerto antes que el cuerpo.
Miró el pasillo oscuro. La casa entera se sentía ajena, como un decorado de teatro que ya no cumplía su función. Quien había pagado la hipoteca de esa casa ya no existía.
La grieta estaba abierta, irreversible. La ontología no prometía un final feliz, solo la oportunidad trágica y hermosa de estar presente. Dejó de resistirse a la caída. Aceptó la fealdad del recorte mal pegado. Aceptó el destiempo. Eran las 3:20 de la madrugada. En la quietud absoluta de la casa, El agarró aire. Sus dedos temblaban, no de miedo, sino del esfuerzo de sostener un lápiz invisible. El edificio anterior se había vuelto inhabitable. Iba a escribir la primera palabra de su segunda vida. Y por primera vez, el trazo sería suyo. Con la intensidad necesaria ese chispazo clínico del quiebre, —el sonido, la textura. Segunda vida.