TEATRO EN UN SOLO ACTO (OBRA 24) DRAMATURGIA
Por Francis Berti.
TITULO DE LA OBRA
AUSENTES, PRESENTES Y OLVIDADOS
Teatro en un solo acto
PERSONAJES
EL AUSENTE: Monolítico, voraz, impecable. La carga excesiva del sentido y de la proyección que sofoca.
EL PRESENTE: Terrenal, deshilachado, lento. La desnudez del dato objetivo, el registro crudo del instante.
EL OLVIDADO: (Aún agazapado en la penumbra final).
ESPACIO
El escenario despliega una tesitura de grandilocuencia dividida. No hay punto medio: una simetría en tres tantos símiles se extiende con elocuencia brutal hacia los extremos, marcando la grieta insalvable entre la presencia y la ausencia.
A la derecha, iluminado por una luz cenital fija, EL AUSENTE permanece de pie. No está quieto; lo habita una voracidad estática. Su postura es impecable, su mirada está clavada en el horizonte, impertérrita como un monolito veloz que viaja a través del tiempo sin moverse del sitio.
A la izquierda, bajo una penumbra de matices cambiantes, EL PRESENTE se desplaza con lentitud. Viste telas deshilachadas pero tranquilas que mudan de tono con cada paso. Se toca el rostro con curiosidad casi botánica, midiendo la textura de su propia piel.
INICIO DEL ACTO
(EL PRESENTE camina lento por la madera del escenario. De pronto, se detiene en seco. Su pecho sube y baja. Jadea.)
EL PRESENTE: (Mirando sus pies, con voz plana, denotativa) Pesa demasiada historia en esta madera. La huelo desde aquí. Huele a sudor de rey, a lágrimas de
mendigo, al barniz barato que alguien aplicó una tarde de lluvia. (Pausa. Se toca el pómulo). El sudor era cloruro de sodio y agua. El barniz, resina y alcohol. La madera es pino resinoso pulido a máquina. Sin embargo… me ahoga la ilusión de lo que no tocó este piso.
EL AUSENTE: (Sin girar la cabeza, proyectando su voz con una dicción perfecta y sofocante) Lo que no tocó la madera es lo único que la sostiene. La sustancia de este escenario no son sus tablas ni su química miserable; es la sombra de las palabras que prometimos decir y que jamás pronunciamos. Estás parado sobre el eco de mi regreso, Presente. Vivís en la tiranía del minuto que muere, mientras yo soy el monumento intacto de lo que pudo ser.
EL PRESENTE: (Avanza un paso lento; su vestimenta viran del gris al azul tenue) Tu monumento es aire caliente, Ausente. Estás hinchado de significado, pero no tenés temperatura. Tu postura no sangra. Si te toco, no hay pulso; solo hay un archivo lleno de promesas que jamás pagaron alquiler.
EL AUSENTE: (Su voracidad estática parece tensarse aún más, como un resorte a punto de estallar) ¡El pulso es una torpeza biológica! El pulso se agota, la carne se pudre, la perilla de la cocina se oxida y la pintura de la casa se descascara. Yo soy la idea pura. La mirada en el horizonte que nunca parpadea. Te arrastras en telas deshilachadas buscando el consenso de lo cotidiano, cuando lo único real es el exceso de lo que te falta.
EL PRESENTE: (Levanta una mano deshilachada, mirando el polvo que flota en el aire) En este instante hay veinticuatro grados centígrados. Hay polvo en el aire. Hay un crujido bajo mi talón. Eso es todo. La desnudez de lo que es. Tu exceso de sentido nos está asfixiando a los dos.
(El silencio del escenario se vuelve denso. Desde el centro exacto, donde la luz de la derecha y la penumbra de la izquierda chocan y se anulan, se escucha una respiración raspada. La sombra de EL OLVIDADO empieza a vislumbrarse en el fondo del telón.)
(La luz del escenario cambia bruscamente. Ya no hay extremos. Una iluminación limpia, frontal y despojada brota desde el suelo y baña cada rincón de la madera. Desde el fondo de la penumbra neutra, EL OLVIDADO avanza con un paso pausado, descalzo, sin peso. Se coloca exactamente en el centro del escenario, interrumpiendo la diagonal que unía a los otros dos. Su presencia no sofoca como la del Ausente ni se deshace como la del Presente: simplemente ocupa el espacio con la serenidad brutal de lo inevitable.)
EL OLVIDADO: (Mirando fijamente a EL AUSENTE, con una voz baja pero abrumadora) Te alimentas de tu propio pedestal, Ausente. Te crees un monolito indestructible porque vivís en la fantasía de lo que pudo ser, pero tu voracidad es solo humo. Pensás que la memoria te sostiene, pero no te das cuenta de que yo soy tu único destino. Todo tu exceso de sentido, tus promesas intactas, tus monumentos de aire y tus miradas fijas en el horizonte no son más que el borrador de mi llegada. Te coloco en mi archivo, Ausente. Ya no sos el misterio que enamora ni la sombra que atormenta: sos,
simplemente, lo que la gente dejó de nombrar para poder respirar. Pasarás a ser el silencio en el fondo de una copa de cristal que nadie volvió a tocar.
(EL AUSENTE intenta erguirse más, pero su postura impecable empieza a perder rigidez; su mirada inmóvil parpadea por primera vez y se desdibuja bajo la luz blanca.)
EL OLVIDADO: (Se gira lentamente hacia EL PRESENTE) Y vos, Presente… te escondes en la física de las cosas. Te consolas contando los grados centígrados, la resina del barniz y el polvo flotando en el aire, creyendo que el dato objetivo te salva del dolor. Pero tu desnudez es una trampa. Cada paso lento que das sobre esta madera es una renuncia; cada segundo que registras como puro cálculo es una ausencia perpetrada. Negás lo que perdiste, negas el encuentro que abortaste en la puerta, negas la risa que ahogaste en la garganta para confundirte con la multitud. Huis de lo que no fue, y en ese huir, dejas morir el instante mientras crees estar viviéndolo. Sos la ejecución continua de tu propia pérdida.
(EL PRESENTE se mira las manos deshilachadas. Por primera vez deja de tocarse el rostro y deja caer los brazos a los lados, permaneciendo inmóvil en la luz.)
EL OLVIDADO: (Abarcando a los dos con los brazos extendidos, en el centro absoluto) No hay monumento a la derecha ni dato a la izquierda. Solo queda la materia de lo que fue borrado. El escenario es mío.
(EL OLVIDADO no se mueve. Permanece erguido en el centro del escenario bajo la luz total. Su presencia empieza a expandirse, ya no como una figura humana, sino como una marea invisible que rebalsa las tablas de la escena y se derrama sobre la sala.)
EL OLVIDADO: (Mirando por encima de la cuarta pared, fijando la vista directamente en las sombras de la platea, con un tono pausado y penetrante) ¿Creen que esto es una representación? ¿Creen que los Olvidados son los otros, los que se quedaron atrás, las sombras que no entraron en la función? Miren sus manos. Miren la inercia con la que se sentaron en esas butacas a contemplar el drama ajeno para no mirar el propio.
(Un murmullo incómodo empieza a recorrer la sala. El aire del teatro se vuelve denso, cargado de esa ilusión rancia que los espectadores traían desde la calle.)
EL OLVIDADO: (Avanza un paso hacia el borde del escenario, señalando al público) Ustedes son la ilusión que se adorna con un pañuelito antes de salir. Son la inercia que repite la ruta, la perilla de la cocina, la conversación ensayada, el encuentro que abortaron por miedo a sentir demasiado. Creyeron que venían a ver un espectáculo sobre la ausencia, pero la ausencia son ustedes. Están sentados sobre el polvo de sus propias decisiones no tomadas. Ustedes son los Olvidados.
(Un rayo de luz cenital blanca e inclemente se dispara desde el techo del teatro, pero no ilumina el escenario: cae de lleno sobre la platea. Los rostros del público quedan al descubierto, despojados de la penumbra protectora. Se miran entre sí con el bochorno de verse reconocidos.)
(En el escenario, EL AUSENTE y EL PRESENTE se disuelven en la sombra. Ya no son necesarios. El espacio escénico y la sala se han fusionado en una sola geografía.)
(Un crujido de butacas rompe el silencio. Primero uno, luego diez, luego la masa entera. El pánico de la certeza los atraviesa. La gente se pone de pie atropelladamente, empujándose en los pasillos, abandonando sacos, programas y pañuelos en el suelo. Corren hacia las salidas de emergencia, huyendo de la luz que los denuncia, huyendo del reflejo de su propia inercia.)
(Las puertas del teatro se abren de golpe con un golpe seco. El rumor de los pasos apresurados se pierde en la noche de la calle. La sala queda completamente vacía, iluminada y en silencio.)
(EL OLVIDADO se gira despacio, mira las butacas desiertas y el polvo que aún flota en el aire iluminado.)
EL OLVIDADO: (Susurrando para la sala vacía) Y ahora… el acto ha terminado.
El teatro ha quedado al desnudo, disolviendo la ilusión del espectador y devolviéndolo a la calle en plena fuga