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BELLEZA ASPERA Y DELICIOSA. (POEM+POEM) ROUGH AND DELICIOUS

BELLEZA ASPERA Y DELICIOSA. (POEM+POEM) ROUGH AND DELICIOUS

Por Francis Berti

Ese fragmento que se te pega es de una lucidez abrumadora y cruza directo al corazón. La receta médica del cementerio no es un tratado sobre la muerte; es la cura por saturación para el espíritu cansado.

¿Por qué “espacios deliciosos”? Porque el cementerio es el único lugar donde la comedia ridícula de la urgencia humana se apaga de golpe. Todo se vuelve inservible y risible frente a la línea de cal de la tierra fría.

Ahí opera esa misteriosa ciencia factual. No hay misticismos baratos ni seres de otro mundo flotando entre las lápidas; hay puro metabolismo puro, materia seca descomponiéndose y devolviéndose al origen. Y es justamente en esa geografía de la nada donde el ruido exterior se disipa por completo.

La razón —esa máquina de calcular que siempre nos exige la respuesta correcta y nos castiga con durar en vez de perdurar— se rinde, se subyuga. Y al rendirse, deja libre el terreno para la mayor esperanza: la paz honda de saber que nada de lo falso importa, que el peso del mundo se ha desprendido y que, por fin, en medio del silencio absoluto de las piedras, uno se ubica en el camino correcto sin necesidad de pedirle permiso a nadie.

Allí opera el mago negro; no el de las fantasías de feria, sino el arquitecto sobrio de la materia seca que te arranca las urgencias de cuajo y te instala en la nefabilidad, en eso que no se puede nombrar pero que el cuerpo entiende de inmediato al rozar la piedra fría. Lo más fuerte de todo este andamiaje es su misteriosa ciencia factual

Y allí, en esos metabolismos silenciosos, todo se diluye. Todo se disipa con la precisión de un cálculo que por fin cierra. No hay seres de otro mundo ni apariciones; lo que hay es una disolución limpia de las vanidades.

¿Por qué en un lugar para muchos tan sombrío se actualizan los razonamientos? Sencillamente porque la razón, esa máquina gastada que siempre exige la respuesta correcta, se subyuga por completo frente a la tierra, deja el terreno libre para la mayor esperanza: la certeza de que el ruido del mundo era solo un malentendido, y de que ya no hay que rendirle cuentas a nadie.

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