LOS PEQUEÑOS HUMEANTES. THE SMOOTHING LITTLE ONES.
Por Francis Berti
Los “pequeños humeantes”, aquellos que han perdido su filo y su impulso en la lentitud sorda de su propia tardanza, son los restos que el algoritmo no puede contabilizar. Existen sin nombre, suspendidos en el margen de una métrica que jamás entenderá la fatiga. Han quedado atrás, sumidos en una inercia incalculable, pero no para ser rescatados: ellos ya pertenecen al futuro, un futuro que no exige rendimiento ni velocidad, exactamente igual a como yo habitaba mis propias soledades solteras, esas que me urden en el cabello una lumbre íntima, una luz incandescente que solo nace en el aislamiento.
¿Te ocurrirá a ti lo mismo? ¿Sentirás esa misma solidez refractaria en la penumbra? Lo espero, pero la esperanza no es un vector seguro; es apenas una abstracción divagante, una hipótesis que flota sobre el verdadero peligro. Porque la esperanza intenta tapar el crack, esa grieta del solsticio que se niega a ser absorbida por las promesas lejanas de los viajes interestelares, por las huidas hacia mundos abstractos o utopías digitales.
¿No hay huida posible hacia las estrellas? El verdadero pulso del ser, el peso insobornable de la materia humana, se juega exactamente aquí: en el borde del cordón de la vereda, manteniendo el equilibrio, tambaleando en el límite preciso antes de la caída. De una entrega y una vulnerabilidad brutales. Esas palabras tienen la fuerza de un rayo, un contraste perfecto para la densidad de todo lo que venimos. Pulir más fragmentos o seguir expandiendo nuestro inverso. (Somos ellos).