ALQUIMISTA Y ERMITAÑO. DISCERNIMIENTO. ALCHEMIST AND HERMIT DISCERNMENT
Por Francis Berti
El humo del atanor se mezclaba con el vaho de la cueva. Afuera, la llovizna borraba los rastros de quienes subían la montaña buscando una palabra de salvación. El alquimista avivaba los brasas con un fuelle de cuero gastado; el Ermitaño, sentado sobre un tronco de fresno, pulía la madera de su bastón con la calma de quien ya no mide el tiempo.
Ambos habían dejado atrás la farsa del mundo, pero el devenir de los acontecimientos —esa marea de hombres desorientados que huyen de su propia grieta— no dejaba de golpear a su puerta.
—Vuelven a subir —dijo el Ermitaño, sin levantar la vista del bastón—. Llegan hasta la cornisa con los zapatos destrozados y las manos llenas de preguntas falsas. Quieren una receta para no sufrir.
—Llegan buscando el oro, viejo amigo —respondió el Alquimista, observando el líquido denso que destilaba el alambique—. Creen que la transmutación es un truco de magia, un atajo limpio. No entienden que para obtener el elixir primero hay que quemar la propia basura. Se asustan cuando el fuego empieza a oler a azufre.
—Ese es tu error, o tal vez tu método —murmuró el Ermitaño, apoyando el bastón—. Vos los guías hacia la ontología de la transformación, la vía del hacer. Les hablas del plomo, del azufre, de la gran obra. Y ellos, en su ceguera y falta de inteligencia, toman tus metáforas al pie de la letra. Creen que el oro se compra o se fabrica en una tarde. Se pierden en el laboratorio de sus propias ambiciones y terminan quemados por la misma llama que debía purificarlos.
El alquimista sonrió con amargura, ajustando la válvula de bronce.
¿Y tu vía es acaso más piadosa? Vos los recibís con la ontología de la sustracción, la vía del ser. Les mostráis el vacío, el silencio radical, la linterna que solo ilumina el paso presente. Les decís que no hay nada que agregar, solo capas que quitar. ¿Y qué hacen? Se aterrorizan. No tienen la lucidez para habitar el desierto. Buscan un refugio y vos les regalas un abismo. Se pierden en tu silencio porque confunden la quietud con la muerte.
—Somos dos espejos trágicos para la especie —dijo el Ermitaño, mirando hacia la entrada de la cueva—. Si soy sincero con ellos, tengo que decirles que la soledad no se comparte. Les ofrezco la verdad del retiro, pero ellos buscan un pastor. Se van de acá más desorientados que cuando llegaron, porque descubren que la grieta que los trajo no se tapa con consuelos.
—Nuestra sinceridad es su perdición —concluyó el Alquimista, viendo cómo la última gota caía cristalina en el frasco de vidrio—. Tu silencio los desnuda demasiado rápido; mi fuego los encandila. Se pierden no por falta de fe, sino por falta de inteligencia para entender que el camino no es la doctrina, sino el choque. Se van buscando una respuesta y los devolvemos al mundo con los bolsillos llenos de preguntas abstractas.
El Ermitaño sostuvo su linterna encendida. Afuera, los pasos de un nuevo caminante hacían crujir las hojas secas.
—Déjalos pasar —dijo el viejo—. Que entren. Les mostraremos el alambique y la linterna. Si se pierden en el camino, al menos se habrán perdido en lo Real. Trágica guía a quienes no están listos para ver?