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COMO HABITARLOS. HOW TO INHABIT THEM

COMO HABITARLOS. HOW TO INHABIT THEM

Por Francis Berti

Mover los muebles de la mente antes de rozar la arquitectura del afuera .El espacio no   cambia por el color de sus paredes, sino por la densidad de la mirada que lo habita. Hay que desamarrar los pensamientos estancados, dejar que el aire circule en las estancias oscuras y recordar que toda renovación auténtica empieza en el silencio somático del adentro. Sin el contraste espeso de la penumbra, la luz es solo un resplandor sin volumen, una lámina plana que encandila sin abrigar. Habitar la totalidad es sostener la herida y el destello, aceptar que la verdad de la materia requiere sombra. Levantar la vista del barro inmediato. La línea del horizonte no es un muro ni una frontera; es una invitación sostenida a no perder la escala, a recordar que los pies pisan la piedra mientras el ojo busca el margen abierto del mundo.

La tranquilidad no cae del cielo como un regalo fortuito, ni es la simple ausencia cobarde de ruido. La calma es una obra de albañilería consciente: se edifica ladrillo a ladrillo, con el mortero de los límites claros, los hábitos que protegen el pulso y el espacio sagrado donde la voz propia no retumba. Atención al borde: hay una delgada franja donde se rozan el cielo y el abismo. La gracia y la caída comparten la misma piedra de apoyo; la distancia entre la elevación y el vértigo suele ser un solo impulso, un matiz, un respirar a tiempo.

Nada es imposible cuando la materia cede a la insistencia. Toda catedral, todo puente, toda ley que hoy nos sostiene fue primero una vibración abstracta flotando en el aire .Y aunque las nubes cierren el techo sobre la ciudad o la noche parezca un pozo sin fondo, el sol nunca se retira de su puesto: solo aguarda pacientemente detrás de la rotación de la tierra. Pegar los fragmentos heterogéneos de la jornada: el error, la textura, la alegría fortuita, la grieta. La vida en modo collage no exige simetría para ser hermosa; su belleza reside en la superposición de lo vivido. Girar la tinta sobre la hoja seca. Sentir la fricción somática del trazo, la velocidad del pensamiento amoldándose al ritmo humilde y mineral de los dedos

Proteger la inocencia contra el cinismo del mundo. Guardar lo naíf como un amuleto intacto que aún se atreve a confiar en la pureza de lo simple. Porque el verbo sin cuerpo es apenas humo que se disipa. No basta con nombrar el fuego: hay que encender la paja. La realidad solo reconoce el gesto concreto que encarna la palabra y transforma la piedra. Dejar la puerta de la alacena entornada para que lo bello, lo disruptivo o lo sagrado nos asalte en la mitad de un martes ordinario.

Aceptar el Tetris insondable de los días: rotar la pieza que cae de golpe acomodar el imprevisto con pulso firme y celebrar en silencio cada vez que el espacio vuelve a despejarse. Ajustar el paso al ritmo del corazón .Musicalizar cada zancada sobre el asfalto, convertir la caminata en una banda sonora propia donde incluso el tropiezo encaje en la cadencia.

 

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