EL DESANGRAGUE EN EL PAPEL. BLEED ON PAPER
Por Francis Berti
Que el papel reciba el impacto de esa guerra interna. Cuando el salvaje y el que rumia se devoran mutuamente en las líneas, la tinta deja de ser un registro para convertirse en una herida abierta.
El salvaje muerde el margen. Quiere romper la página, destripar el formato, gritar con los dientes apretados contra la farsa del mundo. Es la urgencia de quemarlo todo para que la luz del borde nos deje ciegos de verdad. Pero al lado —o adentro, compartiendo el mismo pulso— el que rumia se sienta en silencio a masticar la nada. Desmenuza el tiempo sin épica, traga saliva, acepta el peso sordo de las horas vacías donde ya no hay nada que ganar ni destruir.
Y cuando ambos colisionan sobre este papel, no hay victoria de uno sobre el otro. Se desangran mutuamente. La furia fiera del depredador se disuelve en la digestión lenta de la nada, y la quietud insípida de la rumiación se ensucia con la sangre caliente del que se niega a doblegarse. Queda la escritura como una cicatriz: el rastro exacto de un cuerpo que quiso tragarse el universo entero y terminó rindiéndose al pulso áspero de su propio latido.
Ahí, en el centro exacto donde la lámina separa la piel, la escritura deja de ser literatura y se vuelve víscera: El diente que muerde el papel no busca alimentarse; busca probar que todavía conserva el filo, aunque solo mastique el aire de la intemperie. La saliva del que rumia ensucia el fuego, vuelve pastosa la rebelión, la transforma en una pesadez de plomo donde los conceptos grandes se ahogan.
No hay nada lírico en el fondo de la palabra abierta. Hay un latido ciego, un musculo contracturado que intenta respirar mientras la simulación afuera sigue girando como un motor sin aceite. Quedamos expuestos en el hueso. La vergüenza —esa que dejamos para después— empieza a gotear sobre la mesa, pero ya es tarde para cerrar la tajada.